El tiburón mascota

Publicado en Pecios con etiquetas , el 12, Noviembre, 09 por La aceituna balsera
tiburonmascota(1)

el sueño de la razón produce monstruos y tú los sacas a pasear

 

La chica química

Publicado en Bemoles y sostenidos con etiquetas el 26, Octubre, 09 por La aceituna balsera

Sin duda este tema merece un lugar privilegiado en la tabla periódica, junto a los gases nobles, quizás al lado de China Girl…  Recién descubierta:  

Chemical Girl  (The Fine Arts Showcase).

Creación literaria al recuerdo de un rostro que inspiró una carta de suicidio en una noche de luna llena

Publicado en Personajes Nocturnos el 23, Octubre, 09 por La aceituna balsera
    
     En mi impenitente vida he dado muchas vueltas por doquier, esperando volver a encontrarla, esperando volver a sentir su aroma. Cada paso que he dado lo he dado en dirección contraria a lo que me dictaba el corazón, tal era mi terquedad. He cruzado mares, he surcado cielos, siempre intentando hallarla y siempre alejándome de ella.
     Lo primero que recuerdo es un rostro, cabellos negros, mojados por la lluvia, piel pálida y ojos furtivos. Recuerdo esa mirada, ese brillo, ese girarse para despedirse de alguien. Fue un instante, lo recuerdo, algo que seguro pasó inadvertido para todos pero no para mí. Estuve luego varios días dándole vueltas en mi cabeza a ese encuentro; en cuanto mi mente se dispersaba de los quehaceres cotidianos, sus ojos, sus pequeñas arrugas al fruncir los labios en una ahogada despedida, su aura de tristeza, las gotas que resbalaban por su cabello hasta el cuello… me invadían de imágenes el cerebro. Intentaba inventarme un pasado para esa situación, una historia propia y personal; creaba una tragedia con sus distintos personajes cuyo desenlace me atrevía a preveer; o intentaba ser más realista y le daba motivos y detalles más mundanos a esa situación.
     El transcurrir de los días no solo no disipaba su impronta, sino que mis recuerdos cada vez se iban modelando más a su conveniencia; sus cabellos negros se volvían del ébano más brillante, su piel despedía el fulgor de la luna llena, y la lluvia eran gotas puras de un glaciar derretido. Pero sus ojos, sus ojos no podían albergar una tristeza más pura de la que me pudiera imaginar.
     Pasaron las semanas, los meses, y la imagen pasó del recuerdo al anhelo y de allí se instaló en la débil frontera que separan los sueños de la realidad. De nada me servía ya pensar en ella, ella no existía como tal, se había transformado en una entidad de mi mente. Cuando caminaba iba observando el rostro de las otras mujeres, de cada una, minuciosamente. De unas me fijaba en su figura, otras se chocaban con mi mirada, en otras lo esencial era la manera en que la brisa ondeaba sus cabellos. Me daba igual si eran jóvenes o viejas, rubias o morenas, lo esencial consistía en hallar un rostro en cada mujer de ella, un sentido a su efímera existencia que me confirmara el rastro de un plan maestro.
     Al pasar los años intenté buscarla en otros puertos, intenté recordarla mediante la pintura, la fotografía; mi búsqueda me hizo asiduo a los burdeles, a los cabarets. Intenté olvidarla pero ni la guerra ni el matrimonio pudieron. No puedo seguir una cronología exacta de aquello sino una azarosa trayectoria por los meandros fluidos del tiempo. He hecho tanto bien como mal (eso, en cada momento, se vuelve relativo). He matado y he salvado la vida a indeseables, he pegado palizas a mi esposa y he encarcelado a pervertidores de menores, he consumido drogas y he donado un riñón. Hay muchas cosas de las que me he arrepentido pero si pudiera escoger una sería la de no haberme acercado aquella tarde a aquella joven y haberle alargado mi corazón, la de no haberle enjuagado sus lágrimas en mi hombro. Eso me pesará toda la vida, por poco que me quede ya. Pero ya es tarde para eso, tarde para dar marcha atrás.
 
 luna lunera

El joven Leriche

Publicado en Entre la vigilia y el sueño con etiquetas el 20, Octubre, 09 por La aceituna balsera

Dominique Leriche vino al mundo cuando el siglo XIX empezaba a asomarse a su inesperado fin. Tuvo una infancia feliz en la campiña francesa y fue enviado por sus padres a estudiar a París, donde vivió durante unos años en un sórdido Colegio Menor y terminó por licenciarse en Medicina y Cirugía. Desde joven Leriche iba  elegantemente vestido y le acompañaban siempre un  bastón, una discreta pajarita y un bombín en la cabeza. El bastón de Leriche llevaba una serpiente tallada en marfil por empuñadura. Un cuidado y largo bigote adornaba su tersa boca como lo hace el clavel en la solapa. Parece ser que Leriche, aún viviendo solo, se vestía cada noche de etiqueta para cenar y la blanca pechera almidonada de su camisa producía en la silenciosa habitación un leve crujido rítmico al compás de la respiración. Al joven Leriche le encantaba el buen vino y la cocina francesa; sabía apreciar las pequeñas cosas de la vida y también se dejaba fácilmente fascinar por la grandilocuencia de lo efímero. Desde muy temprana edad fue un impenitente admirador de arte, atesorando con el tiempo una bella colección de pinturas de los artistas más vanguardistas. Pero Dominique Leriche no era un joven cualquiera: tenía una pequeña obsesión. Quienes le conocieron cuentan que en una ocasión el joven Leriche empujó involuntariamente a una anciana al bajar de un tranvía, de suerte que la señora mayor, si bien no corrió ningún riesgo, se llevó un susto de muerte. Leriche siguió su camino como si nada hubiese sucedido, y la señora mayor, ofendida, le recriminó su comportamiento; Dominique, alejándose y mostrando extremo desdén, se burló para sus adentros de la torpe anciana y su lentitud. Tal era el desprecio que el  joven Leriche sentía por la tercera edad  y todo lo que representaba. Leriche detestaba el olor procedente de los ancianos de tal manera que tapaba su nariz con un pañuelo sin ningún reparo cuando debía acercarse a examinar a algún paciente aquejado de vejez. No cedía nunca el asiento ni ayudaba jamás a cruzar la calle a un desvalido cuerpo añoso, incapaz de sostenerse con sus propias piernas. Pensar en el tacto de un cráneo calvo llegaba a producirle escalofríos. Imaginar la incontinencia le dejaba postrado durante días en la cama, mareado y nauseoso. Contemplar una boca desdentada era la imagen misma del infierno para el joven Leriche.

Sin duda no era un joven cualquiera. Cuando Leriche miraba a un anciano veía algo que no era capaz de aceptar y de lo que no podría escapar: su propio destino.

 

Eternamente joven...

Sentimientos…

Publicado en Bemoles y sostenidos el 15, Octubre, 09 por La aceituna balsera

Vacaciones en el mar

Publicado en Entre la vigilia y el sueño el 12, Octubre, 09 por La aceituna balsera

Naufragio

Publicado en Entre la vigilia y el sueño con etiquetas el 08, Octubre, 09 por La aceituna balsera

1 de Septiembre. Aquí las cosas no han cambiado. La búsqueda continúa. Desde que ella desapareció entre esa niebla, no nos hemos tomado un descanso. El agotamiento comienza a pasarnos factura. Ayer creímos haber visto su sombrero entre unas rocas arrastrado por el oleaje. No eran más que unas algas pegadas a un trozo de cuerda. El viento empieza a soplar de nuevo y nos retiramos con primeros síntomas de hipotermia. Mañana continuaremos su búsqueda.

17 de Septiembre. Todo sigue igual. Desde arriba nos dicen que no desesperemos, que tengamos paciencia porque tarde o temprano apareceran nuevas pistas que nos lleven hasta ella. La verdad es que llevamos así varios meses y esta espera nos está desquiciando. Hoy hemos vuelto a ver algo en el mar que parecía un sombrero de flores, y que la corriente acercaba poco a poco a la playa. Al acercarnos a la orilla nos dimos cuenta que se trataba de un madero podrido.

9 de Octubre. Al fin la encontramos. Como cada día salimos al amanecer en su búsqueda. Al cabo de un rato, visualizamos algo en el mar, un cuerpo inerte que llevaba un sombrero de flores. Las olas parecían bailar con él, hasta que el mar, cansado ya de la misma música, en una sacudida de espuma y sal, escupió sus restos sobre las rocas. Y como venía sucediéndome estos últimos 6 años, comprobé de nuevo que aquello que el mar había devuelto con rabia a tierra, no eran más que restos de un barco naufragado quizás hace años. Quisiste tranquilizarme y darme de nuevo esperanzas, pero yo no quería escuchar más palabras. Intentaste convencerme y hacer que olvidara nuestro nuevo fracaso, pero yo ya no tenía más fuerzas. No te callabas, volvías una y otra vez a decirme que siguieramos, insistías y me empujabas. Yo no podía más y en un arrebato de furia golpeé tu cabeza contra aquel madero. Tu sombrero de flores cubría tu rostro ensangrentado lleno de arena. Al fin te había encontrado.

 

Detrás de la puerta

Publicado en Personajes Nocturnos con etiquetas , el 11, Septiembre, 09 por La aceituna balsera

Y casi, en el trémulo temblor de la madrugada, horas antes de su muerte ante el amanecer, brillaba una luz tenue en una de las estancias de aquel tenebroso lugar. Las voces, aún despiertas, se ahogaban en el humo de los cigarrillos que se consumían entre las miradas de aquellas conversaciones inútiles. Espesos y lechosos sentimientos recorrían nuestros cuerpos como el helador aire que entraba por la ventana entreabierta y la sangre aún caliente impedía que se apagase aquella última luz encendida. Emociones extrañas, copiosas risas, vaho  etílico condensando impávido en la raída moqueta, apuestas con cheques sin fondos, algunas lágrimas contenidas hacia la garganta, desesperación imprevista y un disimulado temor al malévolo tiempo que nunca se detiene y transcurre inmutable a lo que tiene que suceder. Desde fuera los vecinos escuchaban el rugido de un enorme león domesticado.

Sin embargo la memoria caprichosa siempre olvida y arrastra con los nuevos rayos de sol las hojas que cayeron durante esas horas luminosas de nuestra decadencia y es al volver el rostro al lado oscuro de la luna, allí dónde mostramos todo aquello que no podemos dejar ver, cuando aquellos borradores de ideas que pensábamos haber tirado a la papelera, que creímos engullidos por el tiempo, surgen como nuevos problemas desconocidos e intrigantes acertijos del mañana, en una bola de papel arrugada detrás de la puerta. Saturno devorando a un hijo

Cagaderos de España

Publicado en Pensamientos no natos de Rocamadour con etiquetas , , el 15, Agosto, 09 por La aceituna balsera

Algún emprendedor de los que ahora se amontonan en las puertas de los bancos esperando crédito para poner otro bar u otra inmobiliaria, debería proponerse por fin hacer algo útil y elaborar, para adjuntar con algún suplemento dominical,  La Guía de Cagaderos de España. Simplemente la enumeración de todos ellos podría llevar años de ardua investigación y laborioso trabajo de campo y llenar fácilmente unos cuantos cientos de páginas; pero si además se tratase de un emprendedor realmente de ideas frescas y compusiese una clasificación por condiciones sanitarias, grado de intimidad y disimulo, comodidades, magnitud, ostentosidad, etc… el resultado sería una verdadera obra maestra de las guías de viajes. La Guía de Cagaderos de España incluiría desde la improvisada cuneta de carretera secundaria entre Torremolinos y Marbella a la vista de todos, hasta la más recóndita piedra almohadillada de musgo con vistas al Valle del Jerte, pasando por descampados, jardines, gasolineras, viejas aduanas,  túneles y parkings, por todos aquellos lugares que uno no reconoce hasta que se halla bien metido en ellos, y además los catalogaría en cagaderos de uno, dos, tres, cuatro y hasta cinco gurruños. Porque ¿quién no se ha visto por error en alguna ocasión rodeado por decenas de sospechosos y amarillentos pañuelos de papel? ¿Quién no ha sentido un sudor frío derramarse por la espina dorsal al intuir que se encuentra en un campo minado por misteriosos y prematuros fósiles, engendros de las profundas entrañas humanas? ¿Quién no ha experimentado helársele la sangre al escuchar el zumbido de un enjambre de moscas verdes aleteando espantadas al unísono? Sin duda pertenezco de manera involuntaria a este grupo de exploradores fortuitos de caminos poco transitados, espectadores accidentales del horror. Este manual de cabecera sería de interés para el hombre posmoderno orgulloso de su resplandeciente civilización, para el ciudadano de a pie comprometido con sus sólidas bases ideológicas, con la suela de sus exclusivos zapatos. Una labor cultural, un éxito comercial y un negocio seguro. Porque etiquetar los lugares llenos de mierda oculta sería ampliamente agradecido y pronto serviría de ejemplo para otros países occidentales. Y es que  nada nos avisa tampoco de que al entrar en tal o cual exposición de “arte”, o en aquella otra sala de proyección de “cine”, lo que en realidad hacemos es meternos hasta las cejas en uno de los cagaderos de la red nacional, o de que los sillones aterciopelados de conocidos contertulios de la tele o el escaño del honorable dirigente político del Ayuntamiento de tu ciudad esconden verdaderos zurullos humeantes, o de que las corbatas que engalanan los cuellos que ahora no dan crédito no han servido más que para limpiar algún noble culo y de que algunos de los contratos que firmamos no pasan de ser vulgares Kleenex® estampados; sin La Guía de Cagaderos de España nada nos previene de que el ponente en un curso de verano de la Universidad es un chorizo consumado todavía caliente. Porque la mierda es siempre mierda. Porque los cagaderos a menudo los encuentra uno donde menos se lo espera y adentrarse inadvertidamente en ellos resulta cuanto menos molesto. Aunque tal vez sea que profesamos una inconsciente fascinación por la caca.

Caca de  Piero Manzoni

Pie de foto: A Piero Manzoni no le tembló la mano al firmar su serie limitada y numerada de latas con su propio excremento dentro y no reculó al decidir avisar en el exterior de lo que había en el interior. A pesar de ello las vendió, según dicen, al valor de su peso en oro en aquel momento.

P.D. Investigando más sobre el tema ha salido a la luz que Manzoni se burló con sus latitas de Merda di Artista por partida doble, ya que al parecer no contienen mierda sino yeso, que vendió enlatado, eso sí,  a peso de oro… Apasionante. Para más detalles pincha aquí

Mis cartoneros

Publicado en Entre la vigilia y el sueño con etiquetas el 06, Junio, 09 por La aceituna balsera

Los tiempos cambian, sin duda, y se llevan por delante muchas cosas. Cosas como ciertos oficios. Durante los años en los que me tocó pasar por la escuela tuve muchos compañeros. Y algunos de ellos eran los cartoneros. Concretamente en el barrio donde estaba la escuela había dos. Eran dos tipos de mediana edad a los que todo el mundo conocía como el Lucky y el Botella. Del Lucky poco sabíamos. Era un tipo larguirucho, de dentadura catastrófica, del que solo recuerdo su gorra y sus pantalones tejanos con el clásico y horroroso efecto nevado. Aparecía de vez en cuando a la hora del recreo, y a través de las rejas del patio que daban a la calle, nos regalaba canicas que se encontraba por ahí. Era precisamente durante la época del auge de la canica. Tú contra el gua, tu amigo apostaba su canica de acero, te temblaba la mano y empezaba la vida real. No conocíamos nada más de él, y poco nos importaba. Años después corrió el rumor de que le había tocado la loteria. El Botella era más conocido por todos. Vivía en una caseta, de las que se utilizan para vender petardos en Sant Joan, en pleno paseo Almogavers. Apenas 3 metros cuadrados donde dormía y comía. El carro con el que recogía los cartones lo aparcaba justo al lado. El porqué le llamaban así parecía obvio, y ninguno de nosotros se molesto nunca en conocer su verdadero nombre. Una mañana, al salir de clase, uno de los repetidores que venía a nuestra clase, empezó a incordiarle hasta que salió corriendo detrás de él. Y llegó uno de esos patéticos momentos que te quedan grabados a fuego en la mente; la caída del Botella y esa brecha en la cabeza que no paraba de sangrar. Me entraron ganas de llorar. Poco después llegó el incendio de su caseta. Parecía que el suelo no había logrado parar la caida. No supe nada más de él. Los tiempos nos cambian, y la recogida selectiva de basura nos ha convertido también en cartoneros.