Comida Mediterránea

De lo que se come se cría, lo sabe todo el mundo, y que uno es lo que come y acaba siendo sólo lo que dice.

El corazón un saquito de piedras que se rozan y suenan a quejidos, latido tras latido, con un galope seco, sediento y erosivo. En lugar de cerebro arena, arena del desierto, arena de las dunas, de las playas que mojan las mareas y seca el sol en poco tiempo; la misma que se lleva el viento, arena de ojos rojos y agrietado rostro, la que se escurre por la noche entre las manos cuando duermo, la que deja deslizar  el reloj por en medio de su dividido cuerpo. Y en vez de llorar se escapan gotitas del agüita del mar y dejan el rastro de sal en esta y otras islas cuando llega bajamar. La sangre no disuelve hemoglobina, carotenos  ni venenos, solo lleva caracolas con cangrejos dentro,  espirales con sonidos de trompeta y otros ecos, sumergidos en el fondo, inmóviles y sepultados,  los  recuerdos oxidados, como sopa de fideos herrumbrosos  muy cocidos, como un fósil ablandado y  mutilado…

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