El error

En mitad de la calle Dante, pasando Piazza Cordusio, vemos a lo lejos un hombre gordo, vestido de negro, con pantalones por las rodillas y un casco romano en la cabeza. Tiene la cara hinchada y muy rosa, me parece, porque está anocheciendo de otoño y no se ve muy bien, y lleva también un pequeño bigote. Arrastra una maleta de ruedas y exhibe una actitud despectiva hacia el mundo entero, mientras insulta descarada y crudamente:

– “¡Putana! ¡Putana! ”  dirigiéndose a un grupo de mesas de la terraza de una cafetería.

Tendrá quizás unos cuarenta años, no fija la mirada en nada. Inmediatamente el heróico camarero del negocio, movido quién sabe exactamente por qué,  se decide a increpar al esperpéntico personaje, y comienza a alzar la mano y a gritar mientras se agita cada vez más, acabando por lanzar, sin acertar, un tenedor al pobre gordo descerebrado. Se forma revuelo y alguna persona corre a detener al camarero que ahora persigue al gordo, quien, aunque escapa aterrorizado mantiene su actitud altiva; es como un caballo desbocado. Se había creado una serie de círculos concéntricos de gente a su alrededor, igual que las ondas que produce una piedra al caer en el agua estancada, y nosotros pertenecíamos involuntariamente a uno de ellos mientras observábamos curiosos y ávidos la escena. Se notaba que los espectadores empezaban instintivamente a definir su opinión ante lo sucedido, se escuchaban comentarios, se hacía hermandad, enemigo común. Y así lo hicimos también nosotros, casi al tiempo, con el retraso justo de quién se cree buen observador y paciente juez.

– “Está claro que el camarero ha hecho el ridículo, que cabrón” sentenció mi amigo Alessandro.

– “Si” – pensé- “¡Que cabrón!” pues era evidente que el desubicado centurión no poseía las menores cualidades que la evolución nos ha estado preparando concienzudamente durante millones de años y que el camarero se había despojado a sí mismo, penosamente, del más mínimo atisbo de compasión.

Si hubiéramos vivido en la edad media el gordo habría servido fácilmente para encender alguna hoguera, pero estamos en el siglo XXI, linchemos públicamente al heróico camarero. Sin embargo, Antonio, hasta ahora callado, con su ojos siempre impasibles mirando ya hacía otra parte, dijo:

– ” Esperemos saber siempre parar a tiempo cuando te das apenas cuenta de que te estás equivocando”

Me quedé pensando en ello…

 

graffiti

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