Archivo para diciembre, 2008

Paseando

Posted in Personajes Nocturnos with tags , , on 30, diciembre, 08 by La aceituna balsera

 Es de noche desde hace unas cuantas horas y no queda mucha gente por la calle; voy paseando sólo, como es habitual últimamente, pensando en mis cosas, como es habitual para todo el mundo, distraído, pisando quizás mierdas de perro o cosas peores, no lo sé, y escucho el claxon de un coche tras de mí que suena dos o quizás tres veces. Sigo adelante sin más, voy fumando un cigarrillo, a lo mío, quizás tarareando una canción asquerosamente pegadiza o igual me estoy fijando sorprendido en las pocas ventanas que quedan iluminadas para la hora que debe ser, no sabría decir. A quién le importa en qué va pensando la gente cuando sale a dar un paseo precisamente para no pensar. Vuelve a sonar el claxon, insistiendo, quizás esté pasando algo. Aquellos que tocan el pito de sus coches tan alegremente deberían procurar metérselo antes por el culo. Me giro para mirar por curiosidad, sin detenerme, para ponerle cara al ansioso, solo porque ha conseguido sacarme molestamente de mi abstracción, y veo un coche parado en la salida de una gasolinera fuera de servicio. Sus faros me iluminan tenuemente a lo lejos pero no me dejan ver al ocupante. Tampoco reconozco el coche, pero, al momento, del asiento trasero sale una persona que comienza a agitar la mano. Empiezo a dudar si realmente la llamada es para mi y el conductor “pito fácil” terminará siendo un familiar o uno de mis amigos degenerados. Lanzo a la calzada la colilla casi extinta del cigarrillo. No distingo nada a esa distancia, me paro, me cubro con la mano por encima de los ojos para evitar que me deslumbre la luz pero solo veo la silueta de un brazo oscilando en lo alto. Algo dubitativo, tímidamente, comienzo a acercarme al coche; no, no puede ser para mí, pero joder, me está llamando, no hay nadie más en la acera. Pienso que probablemente se han perdido y no saben llegar a tal o cual sitio. Me acerco decidido, casi distingo otras tres personas dentro del coche y música que proviene del interior, suena contundente. El hombre que está fuera ya no agita la mano, permanece esperando tras la puerta trasera, me parece exageradamente alto ahora. Con la mano todavía cubriéndome los ojos digo: – ¿Hola?- Inmediatamente se oye un ruido fortísimo, como el reventón de una rueda, y sin apenas tiempo a reaccionar escucho lo que, demasiado tarde, intuyo se trata de un segundo disparo procedente de la escopeta recortada que, ahora lo veo, empuña el hombre altísimo. Nada más, solo un silencio sordo y algo parecido a una especie de temblor interno; la sensación de pérdida de control sobre el propio cuerpo, de frío, de tiempo detenido… El coche se aleja y mucho me temo que estoy sencilla y estúpidamente muerto.

 

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Mensaje de Navidad para los aceituneros.

Posted in Pecios on 24, diciembre, 08 by La aceituna balsera

 

Pa’ relajarse en el cálido hogar del invierno

Posted in Bemoles y sostenidos on 21, diciembre, 08 by La aceituna balsera
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Ya es Navidad…

Posted in Pecios with tags on 17, diciembre, 08 by La aceituna balsera

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… en Valladolid

Aullidos al amanecer

Posted in Personajes Nocturnos with tags , , on 08, diciembre, 08 by La aceituna balsera

Estando en la inopia de un malsano pensamiento, viéronme mis propios ancestros pelearme sin duelo; mis penas, cuan amargas eran, malgastadas hasta el último centavo, se sumaron a los vasos de ginebra que hacen olvidar pero no consuelan.

            La inoportunidad y la desobediencia hiciéronse fuertes y aliadas y una gran elocuencia salió de una garganta atrevida. Mi cuerpo obedecía las órdenes de la mente, la cual no me obedecía a mí; las palabras escogidas y correctas brotaban zigzagueantes y variadas a sazón de alimentar un discurso largamente inapropiado.

            Mi visión cegó la lógica, el dinero el bienestar y la botella vacía una imprevista viudedad. El equilibrio, cobarde sigiloso, huyó despavorido de un espíritu inestable y los ojos, gráciles alquimistas, convirtieron mi pozo de amargura en fuente de lágrimas saladas.

 

– ¡Adelaida! –repicaban mis tímpanos- ¡Adelaida, Adelaida, Adelaida! –su eco rebotaba en mis recuerdos; y una mueca de terror caló en mi negra alma. Evoqué su mirada, su cristalina y brillante mirada, sus cabellos largos y ondulados como espesa sabana de ébano, su cuerpo y compostura, sus formas y ademanes, sus labios, su boca, su rostro… Evoqué, evoqué, evoqué hasta que el recuerdo volvió a mí como un duro puntapié y entonces evoqué de verdad.

 

            El lugar, asilo de ebrios, bohemios y noctámbulos, cerró sus puertas y no pude encontrar otro bar abierto. En mis manos, aún capaces de sostener aquello de lo que no podemos prescindir, quedaba albergar esperanzas de apurar un trago más. Había llovido, al menos noté la humedad en mis huesos cuando estos fueron a parar sobre el firme mojado. Recostado, con tiritona, calado por fuera y húmedo por dentro rescatáronme de esa triste situación unos clochards. Me hablaban pero no les oía, gesticulaban, me increpaban pero yo ya no escuchaba. En mis oídos, en mi cabeza, altisonante, como sonidos atronadores, unas únicas palabras me ocupaban, ¡Adelaida! ¡Adelaida! ¡Adelaida!, unos sonidos tan insoportables que la única manera de liberarles de su cárcel era dejarles escapar por mi boca exhalándoles.

 

                – ¡Adelaida, Adelaida! ¡Adelaida! –y la errabunda pareja creyéronme un pobre alcohólico -¡Adelaida, Adelaida! –y  esas callejeras sombras decidieron llevarme a un sitio donde pasar la noche y curarme en salud.

 

            Así me alzaron mientras hablaban y no escuchaba, mientras mis trémulas extremidades se veían conducidas sin remisión ni posible oposición a un lugar del que no saldrían nunca, nunca, mientras los recuerdos cada vez golpeaban con más fuerza y tenía que gritar para echarlos fuera de mí.

            Vomité. Vomité mi alma conservada en alcohol. Vomité mis recuerdos y secretos. Vomité la violencia de mis actos. Y entonces confesé todo, absolutamente todo; conté como en un ataque de locura, producido por la bebida, maté a Adelaida, mi esposa, compañera, cónyuge y sobre todo amada mía, Adelaida. Relaté la satisfacción de aquella violencia por la violencia, aquel deseo irrefrenable que me obligaba a seguir, a seguir apretando su lánguido cuello, sin remisión, fuerte y tenazmente, mientras sus pataleos y gemidos apagados iban cesando y aparecía en su rostro un cianótico color a asfixia. Me recreé observando mi obra durante esos instantes en los que la euforia y éxtasis producidos por el alcohol y esa otra droga, la más potente de todas, que es la violencia se disiparon en la irrevocable cordura. Creí enloquecer, quise morir, aunque luego mi instinto de conservación me hizo recapacitar; la frialdad se apoderó de la razón y juntas trabajaron para elaborar un plan para deshacerme del cadáver. Y así lo hice, descuartizándola, poco a poco, cociendo los restos y triturándolos, para dárselos a los perros del barrio, perros desnutridos que agradecerían un poco de carne en sus dietas.

            Los traperos, con restos aún de mis vómitos y claramente molestos, se miraron y dijeron algo, algo que aunque no lo pude escuchar, era en sí mismo muy fácil de adivinar o discernir a través de sus bocas y labios: “Otro loco borracho”. Y me dejaron ahí tirado, sin al menos haber tenido ocasión de exculparme, siendo expropiado de mis últimas pertenencias materiales.

            El alba estaba cerca y el frío atería mis miembros; el alcohol empezaba a provocarme hipotermia y sueño. Junto a mí yacían una botella vacía y un paquete envuelto en papel de periódico. Me dormí, me dormí para no despertar jamás. Estaba muriendo de frío, como el que sentía después de matar a mi adorada Adelaida, frío como mis anestesiados sentimientos, frío como la carne cocida y triturada que contenía el paquete. La aurora asomaba. Oía –ya podía oír- unos ladridos. Una jauría se hizo con el envoltorio de periódico. Me olisquearon, me olfatearon de arriba abajo. Los había acostumbrado demasiado a este tipo de carne.

   personaje nocturno

La luz de la destrucción

Posted in Pecios with tags , on 08, diciembre, 08 by La aceituna balsera

 

La luz de la destrucción,

la riqueza de las desgracias,

el dulzor del fracaso;

El luto del carnaval,

el viaje sin destino de los trenes,                       

las tormentas con truenos,

relámpagos,

sin lluvia;

El dolor por nada, la nada que invade todo, toda la nada que nada en todo;

La descripción, la reflexión, la pasividad, la epopeya, la naturalidad, lo artificioso, la finalidad.

Mi antigua libertad, mi querida esclavitud, mis pensamientos a musas, la incomprensión.

 

     *     *     *     *     *     *     *     * 

 

Sueño con quimeras imposibles

que talan ideas de mi mente

para sembrar

en pequeñas parcelas adyacentes

semillas de loco frenesí.

Aúllo a la luna mi cobardía,

De no decir lo pensado sin pensar

Y lloro a la noche mis penas

Vislumbradas en un vaso de cristal.

Frente a un espejo mi reflejo

más allá de su hipocresía no ve

De dos personajes desdoblados

Su persona ni su ser.

 

     *     *     *     *     *     *     *     * 

 

Cuando la tristeza, sola y llana, te aconseja no la dejes de escuchar. Siempre que ella está presente, tú estás más cerca de tu alma, siempre que ella te reclama, tú te sientes más cercano a ti; y te preguntas para qué sirves, porque estás así, tus pensamientos por qué no te dejan en paz, tus sueños por qué son como son, la gente por qué existe, tú por qué existes, existe algo que se pueda considerar divinidad o es esta divinidad nuestra propia degradación; vicios y prejuicios de una inmunda desolación. Cuando estás así no sabes ni lo que escribes porque las propias letras son cárceles para nuestra expresión; pero pensamos en letras, en imágenes, en sonidos, soñamos en una realidad que existe aunque esté alterada. Y sin embargo, sabemos que tiene que haber algo más pero no sabemos qué es y siguiendo con todo continuamos pensando y no sabemos canalizar nuestra energía como lo haría un mosquito para poder volar; y sí, eso es lo que queremos, volar, desaparecer, realizar lo inverosímil, obtener lo imposible sin arrepentimientos; y si tenemos conciencia es porque es nuestro peor castigo, nuestra peor arma destructora, pensamos demasiado, lo animales no piensan y por eso viven tranquilos, el día a día, sin futuro, sin más. Nosotros, en cambio, no. Tenemos esa luz que es la conciencia, esa luz de la destrucción.

 

la luz de la destruccion

La Transformación

Posted in Personajes Nocturnos with tags , , on 04, diciembre, 08 by La aceituna balsera

          Cuando, aquella tarde, el colono 132 se despertó de unos sueños agitados, notó que no se encontraba bien; apenas podía mover con fluidez sus extremidades. Renqueando se fue a beber del charco ponzoñoso de la comunidad y descubrió en su reflejo la imagen grotesca de un ser humano. Negando aquella visión, debido a su casi ceguera, volvió de nuevo a la oscuridad de su lecho, al lado de sus congéneres que aún seguirían durmiendo, pensando, eufemísticamente hablando, que también él estaría prisionero de otra realidad onírica. Sin embargo, no podía dormirse, no mantenía bien la estabilidad, estaba incómodo acurrucado como un ovillo y un frío helador le atería todos los músculos. Notaba su otrora robusto y compacto cuerpo como un amasijo de carne flácida y huesos. Sus patas, antes largas y espinosas, ahora no eran más que dos pares: uno algo más fuerte y grande, y el otro, imperfecto, mucho más atrofiado. Le horrorizó el hecho de no recibir información de sus antenas filiformes aunque, aliviado, descubrió que al menos veía bastante mejor que antes.

           El sol estaba cayendo; pronto tendría que unirse a la colonia, que ya había salido a la búsqueda de víveres. Pero él, no obstante, decidió seguir acurrucado para mantenerse caliente. Intentó dormirse nuevamente pero algo devastador le desveló, algo como nunca había sentido. Agitado y confuso, se había movido violentamente clavándose una piedra afilada en una extremidad y había emitido un extraño ruido. Asombrado de que él fuera el emisor decidió repetirlo. Rápidamente descubrió que podía modularlo y variar los tonos, aunque no sabía muy bien para qué podría utilizarlo. Decidió mostrarle su hallazgo a la comunidad.

           Cuando salió del agujero observó que las paredes le rozaban todo el cuerpo pero apenas se apercibió, ya que tenía un hambre horrible. Fue donde guardaban las provisiones y la escena le estremeció considerablemente; aquella visión era repugnante: restos de detritus y otras materias orgánicas e inorgánicas lo inundaban todo. Paradójicamente, lo que para él había sido un manjar el día anterior, hoy se mostraba como un lugar putrefacto y maloliente. En su intento desesperado por encontrar alguna cosa comestible advirtió como esas extremidades delanteras, que había supuesto deformes, podían liberarse del suelo y servirle de gran utilidad a la hora de seleccionar la comida; mientras, las traseras, conseguían mantenerlo en una posición erecta mucho más cómoda.

           Comenzó a caminar para reunirse con sus compañeros. A medida que la oscuridad de su escondrijo iba desapareciendo observó la notable mejoría de su visión, incrementada con la nueva postura adquirida; una explosión de luz, colores y formas le dejó maravillado. Su cabeza empezaba a dolerle de manera considerable, extrañas imágenes y ruidos se colaban por ella y empezaban a formar extrañas asociaciones, algo que, sin que él lo supiera, era el nacimiento de una especie de proto-pensamientos. En su rostro palpó como sus músculos se tensaban; estaba sonriendo.

           Durante el trayecto, hasta que logró reunirse con la colonia, sufrió una serie de cambios cuantitativos y cualitativos: la perspectiva de su visión fue cambiando progresivamente debido a un incremento de su estatura, sus pensamientos cada vez eran menos difusos y con su voz ya era capaz de combinar diferentes sonidos para crear monosílabos. Cuando les tuvo frente a sí, minúsculos, huyeron despavoridos. Él les intento llamar pero su reclamo, junto con su nuevo tamaño, le hacía parecer aún más amenazador. Su familia y compañeros corrían por todas partes sin que él pudiera hacerles comprender ¿No se daban cuenta de que pese a su cambio seguía siendo el mismo? Se arrastró por el suelo para hacérselo entender pero se escondían por todos los resquicios por los que ahora él no lograba acceder. Una angustia e impotencia le invadió por dentro subiéndole desde el estómago hasta la garganta. Comenzó a llorar.

           Desde la calle una pareja joven oyó los gemidos; se aventuró dentro del edificio abandonado y allí encontró un niño desnudo de unos dos años. El hombre le cubrió con su abrigo y la mujer, con un sonido indescifrable pero muy melódico, lo arropó contra su pecho. Se lo llevaron a su casa para lavarle y darle de comer; estaba muy flaco. En el camino se quedó dormido. Cuando volvió a despertar, la misma voz con la que creía haber soñado, le preguntó ¿Cómo te llamas pequeñín? Y aunque él no entendía aquello que le decían contestó con los únicos monosílabos que podía articular en ese momento: Saaa, saaamm, saaa, ¡Sam-sa! ¡Samsa! ¡SAMSA!

           – Y si nos lo quedamos, cariño -inquirió la mujer en un arrebato de ternura.

           – Está bien, pero le llamaremos Gregor, como mi padre.

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Obra original de Miguel Segura. Acrílico 100 x 100 cm.

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