La Transformación

          Cuando, aquella tarde, el colono 132 se despertó de unos sueños agitados, notó que no se encontraba bien; apenas podía mover con fluidez sus extremidades. Renqueando se fue a beber del charco ponzoñoso de la comunidad y descubrió en su reflejo la imagen grotesca de un ser humano. Negando aquella visión, debido a su casi ceguera, volvió de nuevo a la oscuridad de su lecho, al lado de sus congéneres que aún seguirían durmiendo, pensando, eufemísticamente hablando, que también él estaría prisionero de otra realidad onírica. Sin embargo, no podía dormirse, no mantenía bien la estabilidad, estaba incómodo acurrucado como un ovillo y un frío helador le atería todos los músculos. Notaba su otrora robusto y compacto cuerpo como un amasijo de carne flácida y huesos. Sus patas, antes largas y espinosas, ahora no eran más que dos pares: uno algo más fuerte y grande, y el otro, imperfecto, mucho más atrofiado. Le horrorizó el hecho de no recibir información de sus antenas filiformes aunque, aliviado, descubrió que al menos veía bastante mejor que antes.

           El sol estaba cayendo; pronto tendría que unirse a la colonia, que ya había salido a la búsqueda de víveres. Pero él, no obstante, decidió seguir acurrucado para mantenerse caliente. Intentó dormirse nuevamente pero algo devastador le desveló, algo como nunca había sentido. Agitado y confuso, se había movido violentamente clavándose una piedra afilada en una extremidad y había emitido un extraño ruido. Asombrado de que él fuera el emisor decidió repetirlo. Rápidamente descubrió que podía modularlo y variar los tonos, aunque no sabía muy bien para qué podría utilizarlo. Decidió mostrarle su hallazgo a la comunidad.

           Cuando salió del agujero observó que las paredes le rozaban todo el cuerpo pero apenas se apercibió, ya que tenía un hambre horrible. Fue donde guardaban las provisiones y la escena le estremeció considerablemente; aquella visión era repugnante: restos de detritus y otras materias orgánicas e inorgánicas lo inundaban todo. Paradójicamente, lo que para él había sido un manjar el día anterior, hoy se mostraba como un lugar putrefacto y maloliente. En su intento desesperado por encontrar alguna cosa comestible advirtió como esas extremidades delanteras, que había supuesto deformes, podían liberarse del suelo y servirle de gran utilidad a la hora de seleccionar la comida; mientras, las traseras, conseguían mantenerlo en una posición erecta mucho más cómoda.

           Comenzó a caminar para reunirse con sus compañeros. A medida que la oscuridad de su escondrijo iba desapareciendo observó la notable mejoría de su visión, incrementada con la nueva postura adquirida; una explosión de luz, colores y formas le dejó maravillado. Su cabeza empezaba a dolerle de manera considerable, extrañas imágenes y ruidos se colaban por ella y empezaban a formar extrañas asociaciones, algo que, sin que él lo supiera, era el nacimiento de una especie de proto-pensamientos. En su rostro palpó como sus músculos se tensaban; estaba sonriendo.

           Durante el trayecto, hasta que logró reunirse con la colonia, sufrió una serie de cambios cuantitativos y cualitativos: la perspectiva de su visión fue cambiando progresivamente debido a un incremento de su estatura, sus pensamientos cada vez eran menos difusos y con su voz ya era capaz de combinar diferentes sonidos para crear monosílabos. Cuando les tuvo frente a sí, minúsculos, huyeron despavoridos. Él les intento llamar pero su reclamo, junto con su nuevo tamaño, le hacía parecer aún más amenazador. Su familia y compañeros corrían por todas partes sin que él pudiera hacerles comprender ¿No se daban cuenta de que pese a su cambio seguía siendo el mismo? Se arrastró por el suelo para hacérselo entender pero se escondían por todos los resquicios por los que ahora él no lograba acceder. Una angustia e impotencia le invadió por dentro subiéndole desde el estómago hasta la garganta. Comenzó a llorar.

           Desde la calle una pareja joven oyó los gemidos; se aventuró dentro del edificio abandonado y allí encontró un niño desnudo de unos dos años. El hombre le cubrió con su abrigo y la mujer, con un sonido indescifrable pero muy melódico, lo arropó contra su pecho. Se lo llevaron a su casa para lavarle y darle de comer; estaba muy flaco. En el camino se quedó dormido. Cuando volvió a despertar, la misma voz con la que creía haber soñado, le preguntó ¿Cómo te llamas pequeñín? Y aunque él no entendía aquello que le decían contestó con los únicos monosílabos que podía articular en ese momento: Saaa, saaamm, saaa, ¡Sam-sa! ¡Samsa! ¡SAMSA!

           – Y si nos lo quedamos, cariño -inquirió la mujer en un arrebato de ternura.

           – Está bien, pero le llamaremos Gregor, como mi padre.

metamorfosis3

Obra original de Miguel Segura. Acrílico 100 x 100 cm.

Para ver otras obras del autor pincha aquí.

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