Aullidos al amanecer

Estando en la inopia de un malsano pensamiento, viéronme mis propios ancestros pelearme sin duelo; mis penas, cuan amargas eran, malgastadas hasta el último centavo, se sumaron a los vasos de ginebra que hacen olvidar pero no consuelan.

            La inoportunidad y la desobediencia hiciéronse fuertes y aliadas y una gran elocuencia salió de una garganta atrevida. Mi cuerpo obedecía las órdenes de la mente, la cual no me obedecía a mí; las palabras escogidas y correctas brotaban zigzagueantes y variadas a sazón de alimentar un discurso largamente inapropiado.

            Mi visión cegó la lógica, el dinero el bienestar y la botella vacía una imprevista viudedad. El equilibrio, cobarde sigiloso, huyó despavorido de un espíritu inestable y los ojos, gráciles alquimistas, convirtieron mi pozo de amargura en fuente de lágrimas saladas.

 

– ¡Adelaida! –repicaban mis tímpanos- ¡Adelaida, Adelaida, Adelaida! –su eco rebotaba en mis recuerdos; y una mueca de terror caló en mi negra alma. Evoqué su mirada, su cristalina y brillante mirada, sus cabellos largos y ondulados como espesa sabana de ébano, su cuerpo y compostura, sus formas y ademanes, sus labios, su boca, su rostro… Evoqué, evoqué, evoqué hasta que el recuerdo volvió a mí como un duro puntapié y entonces evoqué de verdad.

 

            El lugar, asilo de ebrios, bohemios y noctámbulos, cerró sus puertas y no pude encontrar otro bar abierto. En mis manos, aún capaces de sostener aquello de lo que no podemos prescindir, quedaba albergar esperanzas de apurar un trago más. Había llovido, al menos noté la humedad en mis huesos cuando estos fueron a parar sobre el firme mojado. Recostado, con tiritona, calado por fuera y húmedo por dentro rescatáronme de esa triste situación unos clochards. Me hablaban pero no les oía, gesticulaban, me increpaban pero yo ya no escuchaba. En mis oídos, en mi cabeza, altisonante, como sonidos atronadores, unas únicas palabras me ocupaban, ¡Adelaida! ¡Adelaida! ¡Adelaida!, unos sonidos tan insoportables que la única manera de liberarles de su cárcel era dejarles escapar por mi boca exhalándoles.

 

                – ¡Adelaida, Adelaida! ¡Adelaida! –y la errabunda pareja creyéronme un pobre alcohólico -¡Adelaida, Adelaida! –y  esas callejeras sombras decidieron llevarme a un sitio donde pasar la noche y curarme en salud.

 

            Así me alzaron mientras hablaban y no escuchaba, mientras mis trémulas extremidades se veían conducidas sin remisión ni posible oposición a un lugar del que no saldrían nunca, nunca, mientras los recuerdos cada vez golpeaban con más fuerza y tenía que gritar para echarlos fuera de mí.

            Vomité. Vomité mi alma conservada en alcohol. Vomité mis recuerdos y secretos. Vomité la violencia de mis actos. Y entonces confesé todo, absolutamente todo; conté como en un ataque de locura, producido por la bebida, maté a Adelaida, mi esposa, compañera, cónyuge y sobre todo amada mía, Adelaida. Relaté la satisfacción de aquella violencia por la violencia, aquel deseo irrefrenable que me obligaba a seguir, a seguir apretando su lánguido cuello, sin remisión, fuerte y tenazmente, mientras sus pataleos y gemidos apagados iban cesando y aparecía en su rostro un cianótico color a asfixia. Me recreé observando mi obra durante esos instantes en los que la euforia y éxtasis producidos por el alcohol y esa otra droga, la más potente de todas, que es la violencia se disiparon en la irrevocable cordura. Creí enloquecer, quise morir, aunque luego mi instinto de conservación me hizo recapacitar; la frialdad se apoderó de la razón y juntas trabajaron para elaborar un plan para deshacerme del cadáver. Y así lo hice, descuartizándola, poco a poco, cociendo los restos y triturándolos, para dárselos a los perros del barrio, perros desnutridos que agradecerían un poco de carne en sus dietas.

            Los traperos, con restos aún de mis vómitos y claramente molestos, se miraron y dijeron algo, algo que aunque no lo pude escuchar, era en sí mismo muy fácil de adivinar o discernir a través de sus bocas y labios: “Otro loco borracho”. Y me dejaron ahí tirado, sin al menos haber tenido ocasión de exculparme, siendo expropiado de mis últimas pertenencias materiales.

            El alba estaba cerca y el frío atería mis miembros; el alcohol empezaba a provocarme hipotermia y sueño. Junto a mí yacían una botella vacía y un paquete envuelto en papel de periódico. Me dormí, me dormí para no despertar jamás. Estaba muriendo de frío, como el que sentía después de matar a mi adorada Adelaida, frío como mis anestesiados sentimientos, frío como la carne cocida y triturada que contenía el paquete. La aurora asomaba. Oía –ya podía oír- unos ladridos. Una jauría se hizo con el envoltorio de periódico. Me olisquearon, me olfatearon de arriba abajo. Los había acostumbrado demasiado a este tipo de carne.

   personaje nocturno

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s