Soldado Manolo

Es Navidad y estoy cenando con mi mujer y mi amigo Manolo, y con su mujer –Maritere-, y con su hermana –Dori-, y con la amiga de Dori , Sara. En un momento en que Manolo está en el lavabo, Dori me convence para ir a la Zona Hermética. Le tienen preparada una sorpresa a Manolo en un local.
El garito es un infierno de humo y de esa clase de música que sólo puede soportar una persona que no presta demasiada atención a lo que llega a sus oídos. Imbéciles que se chocan las manos cuando una chica guapa pasa cerca de sus mesas. Tras la barra, un cartel con un centenar de títulos estúpidos para un centenar de mezclas alcohólicas dulzonas, fluoradas, diarreicas. El hecho de que no estén ordenadas alfabéticamente me hace sentir incómodo, pero me aplico una reprimenda interior, diagnosticándome una académica falta de imaginación. Pero no estaba equivocado. Era mi instinto de conservación el que me alertaba. Bajo el catálogo de chupitos locales, el camarero, una especie de modelo profesional, charla con las chicas sentadas al otro lado de la barra. Todos nos mostramos expectantes ante la sorpresa para Manolo, cuando el gallito ha abandonado la charla y nos ha servido una mezcla de dos botellas: una de contenido grosella, y la otra de contenido azul. Me he estremecido tan sólo viendo la densidad de licor barato de ambos chorros, y el color imposible que han dado como resultado. Alguien me ha dicho “Al loro, que esto tiene un ritual.”
Desde la barra, el guaperas nos ha indicado que teníamos que introducir ese mejunje en nuestra boca y enjuagarnos con él hasta que nos ordenara que lo tragáramos. Y luego, aspirar. Ha dado el pistoletazo de salida y todos –incluido yo- nos hemos llevado el contenido del chupito a la boca. Cuando el de la barra ha gritado “¡Vamos! ¡Vamos, enjuagaros!” he comprendido que todo aquello no era más que pura mierda, y he escupido el contenido de nuevo al vaso. Los demás seguían enjuaga que te enjuaga, y el otro, jaleando. He intercambiado una mirada de incredulidad con mi mujer –sus carrillos, hinchados- y he envidiado su paciencia infinita. Cuando el imbécil de la barra ha ordenado “¡tragar…y aspirar!“ – así, en infinitivo-, el resto ha acatado la norma y se han mirado con los ojos vidriosos. He intentado dejar mi vaso lleno en la barra, pero Dori me ha indicado la grave falta al decoro en que estaba a punto de incurrir. “TE HAN INVITADO”, dice. “Tienes razón”. He ido al cuarto de baño y he arrojado el contenido del chupito al lavamanos. “Menuda sorpresa”, he murmurado, con la parka puesta, mientras observaba el líquido lila-fosforito-sucio en el sumidero.
Cuando he vuelto Manolo y nuestras sendas mujeres comentaban el castigo gastronómico que les acababan de infligir, cuando, de reojo, he visto al guaperas quitarse una de esas sudaderas con cremallera y capucha, y se ha investido con una guerrera militar sobre una camiseta blanca. Ahí es donde lo he sentido. “HORROR”.
Dori y Sara han acercado a un aturdido Manolo a la barra, y el gurú de los chupitos le ha coronado con un casco militar. Se ha ceñido la guerrera. Alguien ha bajado la música.
“Ahora no estás en un bar, capullo. Ahora estás en el ejército. Sólo hablarás cuando se te ordene, y dirás “Señor” antes y después de cada respuesta ¿Lo has entendido?”
Manolo ha balbuceado algo. El imbécil le ha golpeado con la palma de la mano en el casco. Para entonces, mis cejas estaban paralizadas a media frente.
“Tienes que decir -Señor, sí, señor-”.
Manolo lo ha hecho.
“¿Eres gallina o maricón?”
Dori y Sara se mean de risa. Algunas chicas se han acercado a la barra para reírle las gracias al guaperas, incluidas dos cuarentonas evidentemente divorciadas que han venido al local a intentar rescatar algo sucio y virginal que aún conservaban antes de arruinar sus vidas. He pensado que, de estar vivo, Goya pintaría esta escena, añadiendo a un sordo y a un macho cabrío entre las cuarentonas.
“Maricón” ha dicho Manolo, comprendiendo con deportividad que esta respuesta suponía un atajo. Pero, ¿hacia dónde?
“¿Maricón? Muy bien. Pues aquí tienes una polla”. Y ha sacado una polla de plástico de debajo de la barra, con la resolución de un prestidigitador. Todo el mundo ríe dieciochescamente a nuestro alrededor. Por un momento, yo y mi mujer tenemos la impresión de que la parafernalia instrumental de la “sorpresa” va a sobrepasar nuestras expectativas de horror.
“¡Señor, sí, señor!”. Error fatal. Manolo no tiene claro cómo demonios puede colaborar con la broma. El otro le golpea de nuevo con la palma de la mano en el casco.
“¡No te he preguntado nada!”
Algún imbécil de atrás grita algo y sus amigos ríen. El barman administra científicamente las dosis de sadismo. Del mismo rincón oculto de donde ha sacado la prótesis fálica, saca otra aún mayor. Lo tenía todo preparado.
“Pues ahora te vas a comer ésta, por listo”. Apenas pronuncia bien “polla”. Dice “me vas a comé la pó-a”
En el momento en que ha aplicado una línea de nata a spray sobre la polla y le ha ordenado a mi amigo que la chupe, de alguna manera he escuchado el aplauso vaginal de las mujeres en la barra, que se retuercen de risa y de líbido explícita ante el guaperas. Le he odiado minuciosamente.
Mi amigo se ha negado, y el otro le ha acercado la pó-a a la boca. Manolo ha reculado un poco y se ha secado una gota de nata en la nariz con la manga de la chaqueta. La humillación ya es oficialmente sexual. Me siento cobarde, porque sé que debo hacer algo por mi amigo, pero no se me ocurre el qué. Alguien vuelve a conectar la música, y la gente que queda detrás de mí vuelve a sus conversaciones, pero no las mujeres de la barra, que no pierden detalle. Manolo sigue cagándola con el “sí, señor” a destiempo, lo que le procura más palmadas sobre el casco, que gira alrededor de su cabeza. El hecho de que el DJ haya vuelto a la música pero la humillación continúe con éxito cercano de público me parece aún más cruel. Ahora que sé que soy un cobarde, todo lo que me queda es la esperanza de que haya una broma final realmente divertida, o una autohumillación por parte del barman que equilibre la situación. Espero que algo nos redima a todos nosotros, incluidas las brujas de la barra. Vuelvo a sentir aquello del aplauso vaginal y me siento increíblemente viejo.
El siguiente artefacto que el barman entrega a Manolo es una UZI de juguete. Le ordena hacer cinco sentadillas. Manolo ya está tan lleno de mierda que sólo puede seguir adelante con estoicismo y con una sonrisa nerviosa. Está a merced del otro, que cuenta a gritos las sentadillas y, cuando llega al cuatro, se acoge a esa jugarreta marcial de contar no por puntos, sino por décimas
“cuatro y medio, cuatro setenta y cinco, cuatro ochenta, cuatro ochenta y uno”.
Por un momento me invade un pavor infantil y se me ocurre que la aritmética puede llevar a Manolo a un número periódico, infinito, de sentadillas. Manolo no sabe en qué momento perderá del todo su dignidad. Puede mandar a la mierda al asunto, estropeando así la “broma” y desilusionando a su hermana y al resto de chicas. O puede seguir a merced de un sádico y de su bonita sonrisa.
El guaperas se sabe dueño de la situación mientras prepara otro chupito reverencial en la barra y Manolo comprueba con desilusión que la UZI es, efectivamente, de juguete. Comparto su tristeza, un metro por detrás de él. El guaperas anuncia a las chicas –en el fondo, es una cosa entre él y sus fans- que este chupito va a convertir a Manolo en un hombre. Así que era éste el final de la instrucción. El muy hijodeputa no sólo no va a autohumillarse, sino que reconvertirá la cosa en un asunto promocional para el garito. Todo gira alrededor del CHUPITO, como elemento aglutinador de masas, nivelador de carismas, forjador de actitudes. El bar se llama “Chupitos & Espectáculo”.
“Pero no puedes tocar el vaso. Yo te lo pongo en la boca, y tienes que poner boquita de piñón”.
Manolo accede. Manolo es Gandhi. Es el puto Doctor Martin Luther King en la Zona Hermética. A su manera, es GRANDE. Me pregunto si nos está dando una lección a todos. Comprendo gracias a él que Gandhi y Luther King nos han enseñado a ser deportivos ante contrincantes que disfrutan saltándose las normas. Pero, ¿es eso bueno?
Es Navidad, y, ya en la puerta del garito, yo imagino a Manolo acribillando a aquel hijodeputa con una uzi REAL. Distingo perfectamente los agujeros de bala en la camiseta blanca, el humo, el relámpago ensordecedor y el estrépito de cristales detrás. Pero no me satisface. Vuelvo a imaginarlo con más detalle, pongo frases de odio y frases ingeniosamente cínicas en boca de Manolo, pero nada. Nos vamos al centro, y entramos en un bar irlandés: pedimos unos gin-tonics y jugamos al “póker mentiroso” con un cubilete de dados. Me siento violento. Tengo ganas de que en algún momento se produzca el malentendido preciso que me autorice a partirle la cara al tipo equivocado. Manolo abre otra partida arrojando todos los dados bajo el cubilete. Contempla los dados tapándolos con la mano. Me lo pasa. “Pareja de jotas”. Lo destapo. Hay un repóker –seis puntitos rojos sobre el marfil, mis seis agujeros de bala sobre camiseta blanca- de ases.

blood art

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s