Malentendiéndose

Miraba los estantes de la sección de vinos de un supermercado cualquiera, improvisando de lo poco que sé sobre el asunto para elegir un vino decente a buen precio. A la vez mantenía una conversación telefónica y trataba de conservar intacta la concentración en ambas actividades, lo que que ya eran tres tareas a la vez,  logro harto difícil para las personas de mi condición, como es sabido. En esta situación de equilibrio inestable me hallaba cuando con el rabillo del ojo, el izquierdo para ser más exactos, pude detectar el vacilante dejarse caer al suelo de un billete de 10 (diez) euros, cual hoja otoñal describiendo su último movimiento browniano, perteneciente, el billete, supuse por su proximidad, a una chica que se encontraba vacilante también frente a la estantería repleta de botellas. Mi proceso mental quedó involuntariamente colapsado en aquel preciso instante, mi corteza cerebral y lo que quiera que sea que hay más internamente y no por ello menos  importante, sufrieron una temporal y arbitraria desconexión a la manera de los pueblecitos aislados por la nieve. Algo grave ocurre cuando se activa nuestro finísimo sistema de detección de dinero perdido, de modo que me vi forzado a balbucear penosamente através del teléfono móvil una especie de disculpa por la inatención e instantáneamente, y sin llegar a percatarme, dejé de seleccionar vinos. Mis sentidos obstinados convergían en un miserable billete de 10 (diez) euros posado en el suelo. Por alguna extraña razón señalé el billete con un impulsivo dedo apuntador, tratando de llamar la atención de la chica (que en realidad no era tan chica, pero si muy menuda y de apariencia endeble), y de esta manera me vi desligado de toda responsabilidad sobre aquel suceso, tan común por otro lado, regresando automáticamente a mi conversación y al examen de bodegas y precios.  Campoviejo: 3.15, Cune : 5.75, Pinna Fidelis: 6.15, “¿ Que tal tu madre?”-“Parece que mejor”. Por eso no pude dejar de sorprenderme al comprobar que pasado un rato, tanto el billete como la chica no tan chica continuaban impasibles en el mismo lugar. “No se ha dado cuenta la pobre”. Me agaché, agarré el dinero y se lo alcancé levantándolo a la altura de los ojos; ahora pude ver que la chica no tan chica tenía efectivamente una edad absolutamente indeterminada, con rasgos infantiles pero con la piel cubierta de más piel muerta de lo habitual, formando costras de color sonrosado y blanquecino remarcadas por la luz fluorescente e inmisericorde del supermercado y unos ojos vivaces y limpios, casi transparentes, oceánicos, eternos, que me miraron con ternura y vergüenza. Llevaba una boina francesa oscura y las manos enfundadas en unos guantes negros y sucios sobre otros guantes blancos de algodón que asomaban por debajo. Una de esas manos se acercó delicadamente al billete con la dubitativa intención de cogerlo, pero en su lugar comenzó girar entorno a él, esquivando mis movimientos para entregárselo y poder soltar el maldito billete: se acercaba por la derecha y retrocedía a mi avance, luego por la izquierda, por arriba y por abajo, ejecutando magistralmente una danza absurda alrededor de mi mano desconcertada. Al otro lado del teléfono alguién debía estar esperando una respuesta que no llegaba mientras el manojo de guantes continuaba bailando tembloroso, con la elegante cadencia de un vals demencial, intercalada por silencios espasmódicos y redoble de calambres. Creo que empecé a ponerme ligeramente nervioso y debió notarlo, porque entonces volvió a mirarme y levantando los hombros dijo: ” Es que quiero cogerlo por donde no ha tocado el suelo… Rarezas…” Me quedé inmóvil, haciendo algo parecido a comprender y aprovechó para pellizcar el billete justo por donde yo lo tenía cogido, sin llegar a tocarme siquiera. Sonrió, tímida y se fue. Me llevé a casa un vino cualquiera y la sensación pegajosa de haberme metido donde no me llaman.

 

diez (10) euros

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