Detrás de la puerta

Y casi, en el trémulo temblor de la madrugada, horas antes de su muerte ante el amanecer, brillaba una luz tenue en una de las estancias de aquel tenebroso lugar. Las voces, aún despiertas, se ahogaban en el humo de los cigarrillos que se consumían entre las miradas de aquellas conversaciones inútiles. Espesos y lechosos sentimientos recorrían nuestros cuerpos como el helador aire que entraba por la ventana entreabierta y la sangre aún caliente impedía que se apagase aquella última luz encendida. Emociones extrañas, copiosas risas, vaho  etílico condensando impávido en la raída moqueta, apuestas con cheques sin fondos, algunas lágrimas contenidas hacia la garganta, desesperación imprevista y un disimulado temor al malévolo tiempo que nunca se detiene y transcurre inmutable a lo que tiene que suceder. Desde fuera los vecinos escuchaban el rugido de un enorme león domesticado.

Sin embargo la memoria caprichosa siempre olvida y arrastra con los nuevos rayos de sol las hojas que cayeron durante esas horas luminosas de nuestra decadencia y es al volver el rostro al lado oscuro de la luna, allí dónde mostramos todo aquello que no podemos dejar ver, cuando aquellos borradores de ideas que pensábamos haber tirado a la papelera, que creímos engullidos por el tiempo, surgen como nuevos problemas desconocidos e intrigantes acertijos del mañana, en una bola de papel arrugada detrás de la puerta. Saturno devorando a un hijo

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