Archivo para octubre, 2009

La chica química

Posted in Bemoles y sostenidos with tags on 26, octubre, 09 by La aceituna balsera

Chemical Girl  (The Fine Arts Showcase).

 

Creación literaria al recuerdo de un rostro que inspiró una carta de suicidio en una noche de luna llena

Posted in Personajes Nocturnos on 23, octubre, 09 by La aceituna balsera
    
     En mi impenitente vida he dado muchas vueltas por doquier, esperando volver a encontrarla, esperando volver a sentir su aroma. Cada paso que he dado lo he dado en dirección contraria a lo que me dictaba el corazón, tal era mi terquedad. He cruzado mares, he surcado cielos, siempre intentando hallarla y siempre alejándome de ella.
     Lo primero que recuerdo es un rostro, cabellos negros, mojados por la lluvia, piel pálida y ojos furtivos. Recuerdo esa mirada, ese brillo, ese girarse para despedirse de alguien. Fue un instante, lo recuerdo, algo que seguro pasó inadvertido para todos pero no para mí. Estuve luego varios días dándole vueltas en mi cabeza a ese encuentro; en cuanto mi mente se dispersaba de los quehaceres cotidianos, sus ojos, sus pequeñas arrugas al fruncir los labios en una ahogada despedida, su aura de tristeza, las gotas que resbalaban por su cabello hasta el cuello… me invadían de imágenes el cerebro. Intentaba inventarme un pasado para esa situación, una historia propia y personal; creaba una tragedia con sus distintos personajes cuyo desenlace me atrevía a preveer; o intentaba ser más realista y le daba motivos y detalles más mundanos a esa situación.
     El transcurrir de los días no solo no disipaba su impronta, sino que mis recuerdos cada vez se iban modelando más a su conveniencia; sus cabellos negros se volvían del ébano más brillante, su piel despedía el fulgor de la luna llena, y la lluvia eran gotas puras de un glaciar derretido. Pero sus ojos, sus ojos no podían albergar una tristeza más pura de la que me pudiera imaginar.
     Pasaron las semanas, los meses, y la imagen pasó del recuerdo al anhelo y de allí se instaló en la débil frontera que separan los sueños de la realidad. De nada me servía ya pensar en ella, ella no existía como tal, se había transformado en una entidad de mi mente. Cuando caminaba iba observando el rostro de las otras mujeres, de cada una, minuciosamente. De unas me fijaba en su figura, otras se chocaban con mi mirada, en otras lo esencial era la manera en que la brisa ondeaba sus cabellos. Me daba igual si eran jóvenes o viejas, rubias o morenas, lo esencial consistía en hallar un rostro en cada mujer de ella, un sentido a su efímera existencia que me confirmara el rastro de un plan maestro.
     Al pasar los años intenté buscarla en otros puertos, intenté recordarla mediante la pintura, la fotografía; mi búsqueda me hizo asiduo a los burdeles, a los cabarets. Intenté olvidarla pero ni la guerra ni el matrimonio pudieron. No puedo seguir una cronología exacta de aquello sino una azarosa trayectoria por los meandros fluidos del tiempo. He hecho tanto bien como mal (eso, en cada momento, se vuelve relativo). He matado y he salvado la vida a indeseables, he pegado palizas a mi esposa y he encarcelado a pervertidores de menores, he consumido drogas y he donado un riñón. Hay muchas cosas de las que me he arrepentido pero si pudiera escoger una sería la de no haberme acercado aquella tarde a aquella joven y haberle alargado mi corazón, la de no haberle enjuagado sus lágrimas en mi hombro. Eso me pesará toda la vida, por poco que me quede ya. Pero ya es tarde para eso, tarde para dar marcha atrás.
 
 luna lunera

El joven Leriche

Posted in Entre la vigilia y el sueño with tags on 20, octubre, 09 by La aceituna balsera

Dominique Leriche vino al mundo cuando el siglo XIX empezaba a asomarse a su inesperado fin. Tuvo una infancia feliz en la campiña francesa y fue enviado por sus padres a estudiar a París, donde vivió durante unos años en un sórdido Colegio Menor y terminó por licenciarse en Medicina y Cirugía. Desde joven Leriche iba  elegantemente vestido y le acompañaban siempre un  bastón, una discreta pajarita y un bombín en la cabeza. El bastón de Leriche llevaba una serpiente tallada en marfil por empuñadura. Un cuidado y largo bigote adornaba su tersa boca como lo hace el clavel en la solapa. Parece ser que Leriche, aún viviendo solo, se vestía cada noche de etiqueta para cenar y la blanca pechera almidonada de su camisa producía en la silenciosa habitación un leve crujido rítmico al compás de la respiración. Al joven Leriche le encantaba el buen vino y la cocina francesa; sabía apreciar las pequeñas cosas de la vida y también se dejaba fácilmente fascinar por la grandilocuencia de lo efímero. Desde muy temprana edad fue un impenitente admirador de arte, atesorando con el tiempo una bella colección de pinturas de los artistas más vanguardistas. Pero Dominique Leriche no era un joven cualquiera: tenía una pequeña obsesión. Quienes le conocieron cuentan que en una ocasión el joven Leriche empujó involuntariamente a una anciana al bajar de un tranvía, de suerte que la señora mayor, si bien no corrió ningún riesgo, se llevó un susto de muerte. Leriche siguió su camino como si nada hubiese sucedido, y la señora mayor, ofendida, le recriminó su comportamiento; Dominique, alejándose y mostrando extremo desdén, se burló para sus adentros de la torpe anciana y su lentitud. Tal era el desprecio que el  joven Leriche sentía por la tercera edad  y todo lo que representaba. Leriche detestaba el olor procedente de los ancianos de tal manera que tapaba su nariz con un pañuelo sin ningún reparo cuando debía acercarse a examinar a algún paciente aquejado de vejez. No cedía nunca el asiento ni ayudaba jamás a cruzar la calle a un desvalido cuerpo añoso, incapaz de sostenerse con sus propias piernas. Pensar en el tacto de un cráneo calvo llegaba a producirle escalofríos. Imaginar la incontinencia le dejaba postrado durante días en la cama, mareado y nauseoso. Contemplar una boca desdentada era la imagen misma del infierno para el joven Leriche.

Sin duda no era un joven cualquiera. Cuando Leriche miraba a un anciano veía algo que no era capaz de aceptar y de lo que no podría escapar: su propio destino.

 

Eternamente joven...

Sentimientos…

Posted in Bemoles y sostenidos on 15, octubre, 09 by La aceituna balsera

Vacaciones en el mar

Posted in Entre la vigilia y el sueño on 12, octubre, 09 by La aceituna balsera

Naufragio

Posted in Entre la vigilia y el sueño with tags on 08, octubre, 09 by La aceituna balsera

1 de Septiembre. Aquí las cosas no han cambiado. La búsqueda continúa. Desde que ella desapareció entre esa niebla, no nos hemos tomado un descanso. El agotamiento comienza a pasarnos factura. Ayer creímos haber visto su sombrero entre unas rocas arrastrado por el oleaje. No eran más que unas algas pegadas a un trozo de cuerda. El viento empieza a soplar de nuevo y nos retiramos con primeros síntomas de hipotermia. Mañana continuaremos su búsqueda.

17 de Septiembre. Todo sigue igual. Desde arriba nos dicen que no desesperemos, que tengamos paciencia porque tarde o temprano apareceran nuevas pistas que nos lleven hasta ella. La verdad es que llevamos así varios meses y esta espera nos está desquiciando. Hoy hemos vuelto a ver algo en el mar que parecía un sombrero de flores, y que la corriente acercaba poco a poco a la playa. Al acercarnos a la orilla nos dimos cuenta que se trataba de un madero podrido.

9 de Octubre. Al fin la encontramos. Como cada día salimos al amanecer en su búsqueda. Al cabo de un rato, visualizamos algo en el mar, un cuerpo inerte que llevaba un sombrero de flores. Las olas parecían bailar con él, hasta que el mar, cansado ya de la misma música, en una sacudida de espuma y sal, escupió sus restos sobre las rocas. Y como venía sucediéndome estos últimos 6 años, comprobé de nuevo que aquello que el mar había devuelto con rabia a tierra, no eran más que restos de un barco naufragado quizás hace años. Quisiste tranquilizarme y darme de nuevo esperanzas, pero yo no quería escuchar más palabras. Intentaste convencerme y hacer que olvidara nuestro nuevo fracaso, pero yo ya no tenía más fuerzas. No te callabas, volvías una y otra vez a decirme que siguieramos, insistías y me empujabas. Yo no podía más y en un arrebato de furia golpeé tu cabeza contra aquel madero. Tu sombrero de flores cubría tu rostro ensangrentado lleno de arena. Al fin te había encontrado.