El joven Leriche

Dominique Leriche vino al mundo cuando el siglo XIX empezaba a asomarse a su inesperado fin. Tuvo una infancia feliz en la campiña francesa y fue enviado por sus padres a estudiar a París, donde vivió durante unos años en un sórdido Colegio Menor y terminó por licenciarse en Medicina y Cirugía. Desde joven Leriche iba  elegantemente vestido y le acompañaban siempre un  bastón, una discreta pajarita y un bombín en la cabeza. El bastón de Leriche llevaba una serpiente tallada en marfil por empuñadura. Un cuidado y largo bigote adornaba su tersa boca como lo hace el clavel en la solapa. Parece ser que Leriche, aún viviendo solo, se vestía cada noche de etiqueta para cenar y la blanca pechera almidonada de su camisa producía en la silenciosa habitación un leve crujido rítmico al compás de la respiración. Al joven Leriche le encantaba el buen vino y la cocina francesa; sabía apreciar las pequeñas cosas de la vida y también se dejaba fácilmente fascinar por la grandilocuencia de lo efímero. Desde muy temprana edad fue un impenitente admirador de arte, atesorando con el tiempo una bella colección de pinturas de los artistas más vanguardistas. Pero Dominique Leriche no era un joven cualquiera: tenía una pequeña obsesión. Quienes le conocieron cuentan que en una ocasión el joven Leriche empujó involuntariamente a una anciana al bajar de un tranvía, de suerte que la señora mayor, si bien no corrió ningún riesgo, se llevó un susto de muerte. Leriche siguió su camino como si nada hubiese sucedido, y la señora mayor, ofendida, le recriminó su comportamiento; Dominique, alejándose y mostrando extremo desdén, se burló para sus adentros de la torpe anciana y su lentitud. Tal era el desprecio que el  joven Leriche sentía por la tercera edad  y todo lo que representaba. Leriche detestaba el olor procedente de los ancianos de tal manera que tapaba su nariz con un pañuelo sin ningún reparo cuando debía acercarse a examinar a algún paciente aquejado de vejez. No cedía nunca el asiento ni ayudaba jamás a cruzar la calle a un desvalido cuerpo añoso, incapaz de sostenerse con sus propias piernas. Pensar en el tacto de un cráneo calvo llegaba a producirle escalofríos. Imaginar la incontinencia le dejaba postrado durante días en la cama, mareado y nauseoso. Contemplar una boca desdentada era la imagen misma del infierno para el joven Leriche.

Sin duda no era un joven cualquiera. Cuando Leriche miraba a un anciano veía algo que no era capaz de aceptar y de lo que no podría escapar: su propio destino.

 

Eternamente joven...

Una respuesta to “El joven Leriche”

  1. La aceituna balsera Says:

    En la imagen: Junzie Wendt.

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