Archivo para junio, 2010

Verdad Universal IV

Posted in Entre la vigilia y el sueño on 29, junio, 10 by La aceituna balsera

“No hagas a los treinta lo que no hiciste a los veinte”

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Sueños y desvelos: Perspectiva 3

Posted in Entre la vigilia y el sueño on 29, junio, 10 by La aceituna balsera

Dormían juntos; toda una noche de horas interminables. Tan cerca entre sí que finalmente sus frentes resbalaron hasta quedarse pegadas, como transmitiéndose los pensamientos. Dos respiraciones; una tenue y rítmica que se envolvía con la otra ligeramente acelerada. Inspirando, espirando, espirando, inspirando, de tal modo que el aliento mezclado era el mismo. Eran uno solo respirando, el mismo aire, al mismo compás. De repente, algo en el ritmo cambió. Cuando uno tomaba el aire el otro lo expulsaba, y viceversa, de tal manera que ambos empezaron a respirar el aire viciado del otro robándose el oxígeno mutuamente. Empezó a fraguarse una silente batalla en la que cada uno se consideraba vencedor.

Sus corazones comenzaron a latir aceleradamente, bombeando sangre de un rojo oscuro a los capilares del rostro; la incomodidad de la postura se hizo evidente pero ninguno quería retirarse y perder posiciones en el frente. Sus cuerpos gastaban ingentes cantidades de energía para evitar contornearse, moverse siquiera un poco, como si por el hecho de apartarse un rizo juguetón que acariciaba la mejilla o hurgarse discretamente y neutralizar un cosquilleante pelillo de la nariz fueran a aceptar una rendición sin condiciones.

Sin embargo, ellos dos dormían, tranquilamente, quizás soñando recíprocamente en el otro mientras sus cuerpos, liberados de las ataduras del pensamiento, se hacían con el control de la situación. Cuerpo y mente, tan estrechamente unidos y a la vez tan separados, cada cual ensimismados en sus tareas, descuidando todo aquello que no les fuera concerniente.

Su entorno, no obstante, era ajeno a estas pequeñas beligerancias y en la estancia sólo podía escucharse pequeños crujidos en la madera, como de pisadas, envueltos por un suave pero constante traqueteo que les iba meciendo suavemente; tra-tra-tra, tra-tra-tra, casi de una manera hipnótica. Cuando éste cedió súbitamente, acompañado por una leve sacudida, los durmientes se despertaron sobresaltados, todo ellos revueltos y mirándose entre sí, contrahechos. Se separaron violentamente, como si sus cuerpos tuvieran azogue mientras farfullaban incomprensibles disculpas.

En ese instante, un chirrido les desvió la atención hacia la puerta y la manilla empezó a moverse. Cuando se abrió del todo un revisor estaba detrás pidiendo los billetes y pregonando la próxima estación.

Sueños y desvelos: Perspectiva 2

Posted in Entre la vigilia y el sueño on 12, junio, 10 by La aceituna balsera

Dormía junto a ella, muy cerca de sí; toda la noche, interminables las horas. Al rato, fue ladeándose hasta que su rostro cayó inane, apoyando su mejilla entre la frontera sin nombre que delimitan el final del cuello y comienzo del pecho. Notaba su olor, después de todo el día, profundo; si bien no era agradable tampoco lo era al contrario; le recordaba, más bien, a algo familiar, algo atávico que no lograba asociar. No lograba entender como se hallaba en esa situación. Pero ahí estaba él, como si nada, tranquilo, ignorante de sus desvelos, ajeno a sus preocupaciones. Cada vez sentía como si pesase más y más su cabeza (¿qué tendría dentro?) tanto que la dificultaba para respirar. No podía imaginarse, horas antes, que estarían así de juntos, uno con el otro, de esta manera.

Aquel maldito runrún no cesaba en su cabeza. Le miraba, tan cerca estaba… que no podía apartar la vista de encima. Lo que para ella había sido simple cortesía, él lo tradujo a coqueteo, sus pequeñas bromas y miramientos él los tomaba a pies juntillas. Fue ella la culpable de mantener esa ambigüedad, de que la relación dejase cada vez más apartada la profesionalidad. Pensaba en ello mientras no podía dejar de fijarse en su rostro; concretamente en un pelo que curioso asomaba por la nariz. Era algo normal, lo sabía, pero era tan llamativo que le había engatusado la atención. Unas ganas irresistibles le entraron de arrancarlo, de aferrarlo cual trofeo, como a una presa, pero algo le sacó de aquel trance: un pequeño ruidito, de rechinar de dientes.

Ñi-Ñi; nada más, sólo un pequeño bruxismo, de manera constante, lo suficiente para empezar a sacarle completamente de quicio… Sin embargo, un sentimiento que le infundía lástima, conmiseración hacia alguien que estaba solo y ansiaba desesperado compañía, le hizo retrotraerse a la acción de despertarlo. Y aunque casi consigue desquiciarla, el cansancio se apoderó por fin de ella dejándole inmune ante sus pequeñas obsesiones.

Sueños y desvelos: Perspectiva 1

Posted in Entre la vigilia y el sueño with tags , on 08, junio, 10 by La aceituna balsera

Durmieron juntos muy cerca entre sí; toda la noche, interminables horas. Al principio su cabeza apoyaba descansada en el hombro de él. El cabello revuelto le hacía cosquillas en la nariz; no quería moverse, no quería rascarse, no quería dejar de aspirar su aroma. El cansancio afloraba, los ojos empezaban a escocer de sueño, los bostezos se reprimían en un mar de dudas; dudas acerca de ella, acerca de él, dudas sobre su situación. Una jornada cansada que terminaba de aquella extraña manera: íntima y aséptica. Nunca hubiera llegado a pensar que estaría tan cerca de ella, memorizando cada rizo, cada mechón que se oponía rebelde al resto, cada pequeña arruga que se fruncía despistada entre un mar de placidez. Y es que su relación pasó tan brevemente de lo profesional a lo oficioso que no conseguía discernir cuando cambiaron ambos conceptos. Apenas se acordaba de su anterior vida sin ella porque creía, pese a lo cursi, que sin ella ya nada tendría sentido.

Abrió de repente los ojos. Se percató que estaba empezando a cabecear; tenía sueño, pensaba tanto y hacía tan poco… Se esforzó en permanecer despierto un poco más, conteniendo el aliento para evitar que aquellos instantes se escapasen en una exhalación. Un duermevela se iba apoderando poco a poco de él, suavemente. Se iba deslizando por un torbellino de sensaciones, de ilusiones que lo transportaban a un sitio donde las cosas no son lo que son sino lo que queremos que sean, a un sitio donde no hay lugar para la resignación y la cobardía. Su cuerpo sucumbió al fin, su mente ya hacía rato lo había hecho, y quedó dormido en su regazo.