Sueños y desvelos: Perspectiva 3

Dormían juntos; toda una noche de horas interminables. Tan cerca entre sí que finalmente sus frentes resbalaron hasta quedarse pegadas, como transmitiéndose los pensamientos. Dos respiraciones; una tenue y rítmica que se envolvía con la otra ligeramente acelerada. Inspirando, espirando, espirando, inspirando, de tal modo que el aliento mezclado era el mismo. Eran uno solo respirando, el mismo aire, al mismo compás. De repente, algo en el ritmo cambió. Cuando uno tomaba el aire el otro lo expulsaba, y viceversa, de tal manera que ambos empezaron a respirar el aire viciado del otro robándose el oxígeno mutuamente. Empezó a fraguarse una silente batalla en la que cada uno se consideraba vencedor.

Sus corazones comenzaron a latir aceleradamente, bombeando sangre de un rojo oscuro a los capilares del rostro; la incomodidad de la postura se hizo evidente pero ninguno quería retirarse y perder posiciones en el frente. Sus cuerpos gastaban ingentes cantidades de energía para evitar contornearse, moverse siquiera un poco, como si por el hecho de apartarse un rizo juguetón que acariciaba la mejilla o hurgarse discretamente y neutralizar un cosquilleante pelillo de la nariz fueran a aceptar una rendición sin condiciones.

Sin embargo, ellos dos dormían, tranquilamente, quizás soñando recíprocamente en el otro mientras sus cuerpos, liberados de las ataduras del pensamiento, se hacían con el control de la situación. Cuerpo y mente, tan estrechamente unidos y a la vez tan separados, cada cual ensimismados en sus tareas, descuidando todo aquello que no les fuera concerniente.

Su entorno, no obstante, era ajeno a estas pequeñas beligerancias y en la estancia sólo podía escucharse pequeños crujidos en la madera, como de pisadas, envueltos por un suave pero constante traqueteo que les iba meciendo suavemente; tra-tra-tra, tra-tra-tra, casi de una manera hipnótica. Cuando éste cedió súbitamente, acompañado por una leve sacudida, los durmientes se despertaron sobresaltados, todo ellos revueltos y mirándose entre sí, contrahechos. Se separaron violentamente, como si sus cuerpos tuvieran azogue mientras farfullaban incomprensibles disculpas.

En ese instante, un chirrido les desvió la atención hacia la puerta y la manilla empezó a moverse. Cuando se abrió del todo un revisor estaba detrás pidiendo los billetes y pregonando la próxima estación.

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