Archive for the Entre la vigilia y el sueño Category

El café quita el sueño…

Posted in Entre la vigilia y el sueño with tags , , on 29, septiembre, 11 by La aceituna balsera

Café con leche. Llevo toda la noche soñando que me quemo la garganta. Toda la noche sintiendo que una fina capa de mi paladar blando se desprende y cae sobre mi epiglotis. Ronquido. Es el ruido que provoca el paso del poco aire que pasa a través de esa masa epitelial que ahora tapona mi tráquea. Me arde la boca, me duelen hasta los dientes. “Señora Pilar, por favor, un café con leche”. Dudo que llegue a despertar, dudo siquiera que esté durmiendo. “No, da igual, así está bien”. Otra vez olvidé pedir la leche templada. Me abraso, me duele. Joder, me he quemado la lengua. La última puta vez que me tomo un café y no pido la leche fría. Ronco y me quemo. Que manera más tonta de empezar un día o no acabar un sueño.

 

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Mariscada Completa

Posted in Entre la vigilia y el sueño on 19, mayo, 11 by La aceituna balsera

Enemigos del sentido común, vuestra demagogia obliga a declararme en rebeldía y exponer claramente, argumentando con fundamentos sencillos e irrevocables, las razones de por qué los calamares, las sepias y los pulpos también son marisco. Sé que son muchas las voces que durante largo tiempo han excluido a este grupo de animales comestibles y les han relegado a un limbo, donde cohabitaban con alimentos de dudosa procedencia como el kétchup, las golosinas o las salchichas Frankfurt. Pero es hora de dejar las cosas claras y detener esta sinrazón que condena injustamente a esos deliciosos invertebrados a sentirse extranjeros en su propia tierra. Porque no cabe duda que son marisco, que lo son y lo seguirán siendo, mal le pese a todos aquellos clasistas que han tergiversado la historia en pro de no sé qué oscuras intenciones. Porque marisco es todo aquel animal marino invertebrado comestible, y en esta definición caben por tanto los crustáceos, los moluscos y los cefalópodos comestibles, e incluso si me apuras y llevas muchos días sin comer, el pepino de mar. Y sí, cefalópodos son los calamares, y también los pulpos, y por supuesto las sepias, y si nos ponemos etimológicos podríamos considerar que dentro de este grupo cabe hasta Mr. Potato. Y entonces, si nos atenemos a esta escueta y sencilla definición, podemos seguir pensando lo que queramos sobre qué tipo de marisco nos gusta más o menos, o cuando hay que comerlo, o con que hay que acompañarlo,  pero lo que ya no se podrá permitir es el linchamiento gratuito y la exclusión de los cefalópodos. POR LA DEFENSA DE TODO EL MARISCO, NO MÁS CEFALOPODOFOBIA.

Labios

Posted in Entre la vigilia y el sueño with tags , on 15, noviembre, 10 by La aceituna balsera

Se que no está bien, pero me excita. Me excita pensar en tus labios, humedecidos por saliva pero tan secos que se resquebrajan, que se abren y sangran. Y cuando te pasas la lengua para recoger las gotas del vino de vida, dejas que vea a través de tus grietas. Y dentro aparece un nuevo escenario, y mientras en él un funambulista atraviesa la cuerda de saliva que cruza la grieta. Y mientras en él un artista sentado vomita y se queda vacío. Y durante ese rato me olvido de ti, de todo lo que rodea a esos labios. Y la grieta se abre y se abre, y desde dentro me miran y observan mis grietas, y se asustan los artistas, los funambulistas. Observan las grietas que hay en mis ojos, que se abren y dejan que pase la luz. Y observan mi alma, y se asustan.

 

Pequeños infiernos estivales

Posted in Entre la vigilia y el sueño, Pensamientos no natos de Rocamadour on 20, julio, 10 by La aceituna balsera

RONCABA. Al que ronca, si es de la familia, se le perdona. Pero el roncador aquel ni siquiera sabía yo la cara que tenía. Su ronquido atravesaba las paredes. Me quejé al casero. Se rió. Fui a ver al autor de tan descomunales ruidos. Casi me echó:

– Yo no tengo la culpa. Yo no ronco. Y si ronco, ¡qué le vamos a hacer!, tengo derecho. Cómprese algodón hidrófilo…

Ya no podía dormir: si roncaba, por el ruido; si no, esperándolo. Pegando golpes en la pared callaba un momento… pero en seguida volvía a empezar. No tienen ustedes idea de lo que es ser centinela de un ruido. Una catarata. Un volumen tremendo de aire, una fiera acorralada, el estertor de cien moribundos, me rasgaba las entrañas empozoñándome el oído, y no podía dormir. Y no me daba la gana de cambiar de casa. ¿Dónde iba yo a pagar tan poco? El tiro se lo pegué con la escopeta de mi sobrino.

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HABLABA, Y HABLABA, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba. Y venga a hablar. Yo soy una mujer de mi casa. Pero aquella criada gorda no hacía más que hablar, y hablar, y hablar. Estuviera yo donde estuviera, venía y empezaba a hablar. Hablaba de todo y de cualquier cosa, lo mismo le daba. ¿Despedirla por eso? Hubiera tenido que pagarle sus tres meses. Además hubiese sido muy capaz de echarme mal de ojo. Hasta en el baño: que si esto, que si aquello, que si lo de más allá. Le metí la toalla en la boca para que se callara. No murió de eso, sino de no hablar: se le reventaron las palabras por dentro.

Crímenes ejemplares, Max Aub

Verdad Universal IV

Posted in Entre la vigilia y el sueño on 29, junio, 10 by La aceituna balsera

“No hagas a los treinta lo que no hiciste a los veinte”

Sueños y desvelos: Perspectiva 3

Posted in Entre la vigilia y el sueño on 29, junio, 10 by La aceituna balsera

Dormían juntos; toda una noche de horas interminables. Tan cerca entre sí que finalmente sus frentes resbalaron hasta quedarse pegadas, como transmitiéndose los pensamientos. Dos respiraciones; una tenue y rítmica que se envolvía con la otra ligeramente acelerada. Inspirando, espirando, espirando, inspirando, de tal modo que el aliento mezclado era el mismo. Eran uno solo respirando, el mismo aire, al mismo compás. De repente, algo en el ritmo cambió. Cuando uno tomaba el aire el otro lo expulsaba, y viceversa, de tal manera que ambos empezaron a respirar el aire viciado del otro robándose el oxígeno mutuamente. Empezó a fraguarse una silente batalla en la que cada uno se consideraba vencedor.

Sus corazones comenzaron a latir aceleradamente, bombeando sangre de un rojo oscuro a los capilares del rostro; la incomodidad de la postura se hizo evidente pero ninguno quería retirarse y perder posiciones en el frente. Sus cuerpos gastaban ingentes cantidades de energía para evitar contornearse, moverse siquiera un poco, como si por el hecho de apartarse un rizo juguetón que acariciaba la mejilla o hurgarse discretamente y neutralizar un cosquilleante pelillo de la nariz fueran a aceptar una rendición sin condiciones.

Sin embargo, ellos dos dormían, tranquilamente, quizás soñando recíprocamente en el otro mientras sus cuerpos, liberados de las ataduras del pensamiento, se hacían con el control de la situación. Cuerpo y mente, tan estrechamente unidos y a la vez tan separados, cada cual ensimismados en sus tareas, descuidando todo aquello que no les fuera concerniente.

Su entorno, no obstante, era ajeno a estas pequeñas beligerancias y en la estancia sólo podía escucharse pequeños crujidos en la madera, como de pisadas, envueltos por un suave pero constante traqueteo que les iba meciendo suavemente; tra-tra-tra, tra-tra-tra, casi de una manera hipnótica. Cuando éste cedió súbitamente, acompañado por una leve sacudida, los durmientes se despertaron sobresaltados, todo ellos revueltos y mirándose entre sí, contrahechos. Se separaron violentamente, como si sus cuerpos tuvieran azogue mientras farfullaban incomprensibles disculpas.

En ese instante, un chirrido les desvió la atención hacia la puerta y la manilla empezó a moverse. Cuando se abrió del todo un revisor estaba detrás pidiendo los billetes y pregonando la próxima estación.

Sueños y desvelos: Perspectiva 2

Posted in Entre la vigilia y el sueño on 12, junio, 10 by La aceituna balsera

Dormía junto a ella, muy cerca de sí; toda la noche, interminables las horas. Al rato, fue ladeándose hasta que su rostro cayó inane, apoyando su mejilla entre la frontera sin nombre que delimitan el final del cuello y comienzo del pecho. Notaba su olor, después de todo el día, profundo; si bien no era agradable tampoco lo era al contrario; le recordaba, más bien, a algo familiar, algo atávico que no lograba asociar. No lograba entender como se hallaba en esa situación. Pero ahí estaba él, como si nada, tranquilo, ignorante de sus desvelos, ajeno a sus preocupaciones. Cada vez sentía como si pesase más y más su cabeza (¿qué tendría dentro?) tanto que la dificultaba para respirar. No podía imaginarse, horas antes, que estarían así de juntos, uno con el otro, de esta manera.

Aquel maldito runrún no cesaba en su cabeza. Le miraba, tan cerca estaba… que no podía apartar la vista de encima. Lo que para ella había sido simple cortesía, él lo tradujo a coqueteo, sus pequeñas bromas y miramientos él los tomaba a pies juntillas. Fue ella la culpable de mantener esa ambigüedad, de que la relación dejase cada vez más apartada la profesionalidad. Pensaba en ello mientras no podía dejar de fijarse en su rostro; concretamente en un pelo que curioso asomaba por la nariz. Era algo normal, lo sabía, pero era tan llamativo que le había engatusado la atención. Unas ganas irresistibles le entraron de arrancarlo, de aferrarlo cual trofeo, como a una presa, pero algo le sacó de aquel trance: un pequeño ruidito, de rechinar de dientes.

Ñi-Ñi; nada más, sólo un pequeño bruxismo, de manera constante, lo suficiente para empezar a sacarle completamente de quicio… Sin embargo, un sentimiento que le infundía lástima, conmiseración hacia alguien que estaba solo y ansiaba desesperado compañía, le hizo retrotraerse a la acción de despertarlo. Y aunque casi consigue desquiciarla, el cansancio se apoderó por fin de ella dejándole inmune ante sus pequeñas obsesiones.