Archivo para Personajes Nocturnos

El café quita el sueño…

Posted in Entre la vigilia y el sueño with tags , , on 29, septiembre, 11 by La aceituna balsera

Café con leche. Llevo toda la noche soñando que me quemo la garganta. Toda la noche sintiendo que una fina capa de mi paladar blando se desprende y cae sobre mi epiglotis. Ronquido. Es el ruido que provoca el paso del poco aire que pasa a través de esa masa epitelial que ahora tapona mi tráquea. Me arde la boca, me duelen hasta los dientes. “Señora Pilar, por favor, un café con leche”. Dudo que llegue a despertar, dudo siquiera que esté durmiendo. “No, da igual, así está bien”. Otra vez olvidé pedir la leche templada. Me abraso, me duele. Joder, me he quemado la lengua. La última puta vez que me tomo un café y no pido la leche fría. Ronco y me quemo. Que manera más tonta de empezar un día o no acabar un sueño.

 

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Anhelos, helos, helos…

Posted in Personajes Nocturnos with tags , , on 28, mayo, 09 by La aceituna balsera

Vale, bésame… pero esta vez hazlo despacio, suave, como una caricia, como si te diera miedo besarme, como si mis labios fueran porcelana tan frágil que con solo rozarla se puede romper… porque solo de esa manera me dejaré besar.

Porque necesito sentir que alguien me cuida, que me puedo relajar… que puedo cerrar los ojos y puedo  olvidar. Que por una vez no tengo que pensar en ti, y en lo que me estás haciendo ni en lo que tú necesitas. Que puedo cerrar los ojos y estar segura que mientras me besas no tengo que pensar.

Si lo que quieres es lo de siempre, no te acerques.

No me beses a degüello ni me arranques la ropa mientras me empujas contra la pared. No me agarres de las nalgas como si me fuera a escapar, ni me tires sobre el sofá con violencia. No jadees en mi oído palabras necias . ¡No!  Eso lo harás otro día.

Solo bésame, acaríciame, dejando pasar el tiempo… sin pensar en ti… como si fuera la primera vez que ves el cuerpo desnudo de una mujer… como si alguna vez llegaras a enamorarte de mi… aunque luego, como haces otros días, dejes el dinero encima de la mesa.

Otro día te compensaré.

Aquel montón de ruinas...

 

Soldado Manolo

Posted in Personajes Nocturnos with tags , on 07, febrero, 09 by La aceituna balsera

Es Navidad y estoy cenando con mi mujer y mi amigo Manolo, y con su mujer –Maritere-, y con su hermana –Dori-, y con la amiga de Dori , Sara. En un momento en que Manolo está en el lavabo, Dori me convence para ir a la Zona Hermética. Le tienen preparada una sorpresa a Manolo en un local.
El garito es un infierno de humo y de esa clase de música que sólo puede soportar una persona que no presta demasiada atención a lo que llega a sus oídos. Imbéciles que se chocan las manos cuando una chica guapa pasa cerca de sus mesas. Tras la barra, un cartel con un centenar de títulos estúpidos para un centenar de mezclas alcohólicas dulzonas, fluoradas, diarreicas. El hecho de que no estén ordenadas alfabéticamente me hace sentir incómodo, pero me aplico una reprimenda interior, diagnosticándome una académica falta de imaginación. Pero no estaba equivocado. Era mi instinto de conservación el que me alertaba. Bajo el catálogo de chupitos locales, el camarero, una especie de modelo profesional, charla con las chicas sentadas al otro lado de la barra. Todos nos mostramos expectantes ante la sorpresa para Manolo, cuando el gallito ha abandonado la charla y nos ha servido una mezcla de dos botellas: una de contenido grosella, y la otra de contenido azul. Me he estremecido tan sólo viendo la densidad de licor barato de ambos chorros, y el color imposible que han dado como resultado. Alguien me ha dicho “Al loro, que esto tiene un ritual.”
Desde la barra, el guaperas nos ha indicado que teníamos que introducir ese mejunje en nuestra boca y enjuagarnos con él hasta que nos ordenara que lo tragáramos. Y luego, aspirar. Ha dado el pistoletazo de salida y todos –incluido yo- nos hemos llevado el contenido del chupito a la boca. Cuando el de la barra ha gritado “¡Vamos! ¡Vamos, enjuagaros!” he comprendido que todo aquello no era más que pura mierda, y he escupido el contenido de nuevo al vaso. Los demás seguían enjuaga que te enjuaga, y el otro, jaleando. He intercambiado una mirada de incredulidad con mi mujer –sus carrillos, hinchados- y he envidiado su paciencia infinita. Cuando el imbécil de la barra ha ordenado “¡tragar…y aspirar!“ – así, en infinitivo-, el resto ha acatado la norma y se han mirado con los ojos vidriosos. He intentado dejar mi vaso lleno en la barra, pero Dori me ha indicado la grave falta al decoro en que estaba a punto de incurrir. “TE HAN INVITADO”, dice. “Tienes razón”. He ido al cuarto de baño y he arrojado el contenido del chupito al lavamanos. “Menuda sorpresa”, he murmurado, con la parka puesta, mientras observaba el líquido lila-fosforito-sucio en el sumidero.
Cuando he vuelto Manolo y nuestras sendas mujeres comentaban el castigo gastronómico que les acababan de infligir, cuando, de reojo, he visto al guaperas quitarse una de esas sudaderas con cremallera y capucha, y se ha investido con una guerrera militar sobre una camiseta blanca. Ahí es donde lo he sentido. “HORROR”.
Dori y Sara han acercado a un aturdido Manolo a la barra, y el gurú de los chupitos le ha coronado con un casco militar. Se ha ceñido la guerrera. Alguien ha bajado la música.
“Ahora no estás en un bar, capullo. Ahora estás en el ejército. Sólo hablarás cuando se te ordene, y dirás “Señor” antes y después de cada respuesta ¿Lo has entendido?”
Manolo ha balbuceado algo. El imbécil le ha golpeado con la palma de la mano en el casco. Para entonces, mis cejas estaban paralizadas a media frente.
“Tienes que decir -Señor, sí, señor-”.
Manolo lo ha hecho.
“¿Eres gallina o maricón?”
Dori y Sara se mean de risa. Algunas chicas se han acercado a la barra para reírle las gracias al guaperas, incluidas dos cuarentonas evidentemente divorciadas que han venido al local a intentar rescatar algo sucio y virginal que aún conservaban antes de arruinar sus vidas. He pensado que, de estar vivo, Goya pintaría esta escena, añadiendo a un sordo y a un macho cabrío entre las cuarentonas.
“Maricón” ha dicho Manolo, comprendiendo con deportividad que esta respuesta suponía un atajo. Pero, ¿hacia dónde?
“¿Maricón? Muy bien. Pues aquí tienes una polla”. Y ha sacado una polla de plástico de debajo de la barra, con la resolución de un prestidigitador. Todo el mundo ríe dieciochescamente a nuestro alrededor. Por un momento, yo y mi mujer tenemos la impresión de que la parafernalia instrumental de la “sorpresa” va a sobrepasar nuestras expectativas de horror.
“¡Señor, sí, señor!”. Error fatal. Manolo no tiene claro cómo demonios puede colaborar con la broma. El otro le golpea de nuevo con la palma de la mano en el casco.
“¡No te he preguntado nada!”
Algún imbécil de atrás grita algo y sus amigos ríen. El barman administra científicamente las dosis de sadismo. Del mismo rincón oculto de donde ha sacado la prótesis fálica, saca otra aún mayor. Lo tenía todo preparado.
“Pues ahora te vas a comer ésta, por listo”. Apenas pronuncia bien “polla”. Dice “me vas a comé la pó-a”
En el momento en que ha aplicado una línea de nata a spray sobre la polla y le ha ordenado a mi amigo que la chupe, de alguna manera he escuchado el aplauso vaginal de las mujeres en la barra, que se retuercen de risa y de líbido explícita ante el guaperas. Le he odiado minuciosamente.
Mi amigo se ha negado, y el otro le ha acercado la pó-a a la boca. Manolo ha reculado un poco y se ha secado una gota de nata en la nariz con la manga de la chaqueta. La humillación ya es oficialmente sexual. Me siento cobarde, porque sé que debo hacer algo por mi amigo, pero no se me ocurre el qué. Alguien vuelve a conectar la música, y la gente que queda detrás de mí vuelve a sus conversaciones, pero no las mujeres de la barra, que no pierden detalle. Manolo sigue cagándola con el “sí, señor” a destiempo, lo que le procura más palmadas sobre el casco, que gira alrededor de su cabeza. El hecho de que el DJ haya vuelto a la música pero la humillación continúe con éxito cercano de público me parece aún más cruel. Ahora que sé que soy un cobarde, todo lo que me queda es la esperanza de que haya una broma final realmente divertida, o una autohumillación por parte del barman que equilibre la situación. Espero que algo nos redima a todos nosotros, incluidas las brujas de la barra. Vuelvo a sentir aquello del aplauso vaginal y me siento increíblemente viejo.
El siguiente artefacto que el barman entrega a Manolo es una UZI de juguete. Le ordena hacer cinco sentadillas. Manolo ya está tan lleno de mierda que sólo puede seguir adelante con estoicismo y con una sonrisa nerviosa. Está a merced del otro, que cuenta a gritos las sentadillas y, cuando llega al cuatro, se acoge a esa jugarreta marcial de contar no por puntos, sino por décimas
“cuatro y medio, cuatro setenta y cinco, cuatro ochenta, cuatro ochenta y uno”.
Por un momento me invade un pavor infantil y se me ocurre que la aritmética puede llevar a Manolo a un número periódico, infinito, de sentadillas. Manolo no sabe en qué momento perderá del todo su dignidad. Puede mandar a la mierda al asunto, estropeando así la “broma” y desilusionando a su hermana y al resto de chicas. O puede seguir a merced de un sádico y de su bonita sonrisa.
El guaperas se sabe dueño de la situación mientras prepara otro chupito reverencial en la barra y Manolo comprueba con desilusión que la UZI es, efectivamente, de juguete. Comparto su tristeza, un metro por detrás de él. El guaperas anuncia a las chicas –en el fondo, es una cosa entre él y sus fans- que este chupito va a convertir a Manolo en un hombre. Así que era éste el final de la instrucción. El muy hijodeputa no sólo no va a autohumillarse, sino que reconvertirá la cosa en un asunto promocional para el garito. Todo gira alrededor del CHUPITO, como elemento aglutinador de masas, nivelador de carismas, forjador de actitudes. El bar se llama “Chupitos & Espectáculo”.
“Pero no puedes tocar el vaso. Yo te lo pongo en la boca, y tienes que poner boquita de piñón”.
Manolo accede. Manolo es Gandhi. Es el puto Doctor Martin Luther King en la Zona Hermética. A su manera, es GRANDE. Me pregunto si nos está dando una lección a todos. Comprendo gracias a él que Gandhi y Luther King nos han enseñado a ser deportivos ante contrincantes que disfrutan saltándose las normas. Pero, ¿es eso bueno?
Es Navidad, y, ya en la puerta del garito, yo imagino a Manolo acribillando a aquel hijodeputa con una uzi REAL. Distingo perfectamente los agujeros de bala en la camiseta blanca, el humo, el relámpago ensordecedor y el estrépito de cristales detrás. Pero no me satisface. Vuelvo a imaginarlo con más detalle, pongo frases de odio y frases ingeniosamente cínicas en boca de Manolo, pero nada. Nos vamos al centro, y entramos en un bar irlandés: pedimos unos gin-tonics y jugamos al “póker mentiroso” con un cubilete de dados. Me siento violento. Tengo ganas de que en algún momento se produzca el malentendido preciso que me autorice a partirle la cara al tipo equivocado. Manolo abre otra partida arrojando todos los dados bajo el cubilete. Contempla los dados tapándolos con la mano. Me lo pasa. “Pareja de jotas”. Lo destapo. Hay un repóker –seis puntitos rojos sobre el marfil, mis seis agujeros de bala sobre camiseta blanca- de ases.

blood art

Paseando

Posted in Personajes Nocturnos with tags , , on 30, diciembre, 08 by La aceituna balsera

 Es de noche desde hace unas cuantas horas y no queda mucha gente por la calle; voy paseando sólo, como es habitual últimamente, pensando en mis cosas, como es habitual para todo el mundo, distraído, pisando quizás mierdas de perro o cosas peores, no lo sé, y escucho el claxon de un coche tras de mí que suena dos o quizás tres veces. Sigo adelante sin más, voy fumando un cigarrillo, a lo mío, quizás tarareando una canción asquerosamente pegadiza o igual me estoy fijando sorprendido en las pocas ventanas que quedan iluminadas para la hora que debe ser, no sabría decir. A quién le importa en qué va pensando la gente cuando sale a dar un paseo precisamente para no pensar. Vuelve a sonar el claxon, insistiendo, quizás esté pasando algo. Aquellos que tocan el pito de sus coches tan alegremente deberían procurar metérselo antes por el culo. Me giro para mirar por curiosidad, sin detenerme, para ponerle cara al ansioso, solo porque ha conseguido sacarme molestamente de mi abstracción, y veo un coche parado en la salida de una gasolinera fuera de servicio. Sus faros me iluminan tenuemente a lo lejos pero no me dejan ver al ocupante. Tampoco reconozco el coche, pero, al momento, del asiento trasero sale una persona que comienza a agitar la mano. Empiezo a dudar si realmente la llamada es para mi y el conductor “pito fácil” terminará siendo un familiar o uno de mis amigos degenerados. Lanzo a la calzada la colilla casi extinta del cigarrillo. No distingo nada a esa distancia, me paro, me cubro con la mano por encima de los ojos para evitar que me deslumbre la luz pero solo veo la silueta de un brazo oscilando en lo alto. Algo dubitativo, tímidamente, comienzo a acercarme al coche; no, no puede ser para mí, pero joder, me está llamando, no hay nadie más en la acera. Pienso que probablemente se han perdido y no saben llegar a tal o cual sitio. Me acerco decidido, casi distingo otras tres personas dentro del coche y música que proviene del interior, suena contundente. El hombre que está fuera ya no agita la mano, permanece esperando tras la puerta trasera, me parece exageradamente alto ahora. Con la mano todavía cubriéndome los ojos digo: – ¿Hola?- Inmediatamente se oye un ruido fortísimo, como el reventón de una rueda, y sin apenas tiempo a reaccionar escucho lo que, demasiado tarde, intuyo se trata de un segundo disparo procedente de la escopeta recortada que, ahora lo veo, empuña el hombre altísimo. Nada más, solo un silencio sordo y algo parecido a una especie de temblor interno; la sensación de pérdida de control sobre el propio cuerpo, de frío, de tiempo detenido… El coche se aleja y mucho me temo que estoy sencilla y estúpidamente muerto.

 

ultima-cancion

Aullidos al amanecer

Posted in Personajes Nocturnos with tags , , on 08, diciembre, 08 by La aceituna balsera

Estando en la inopia de un malsano pensamiento, viéronme mis propios ancestros pelearme sin duelo; mis penas, cuan amargas eran, malgastadas hasta el último centavo, se sumaron a los vasos de ginebra que hacen olvidar pero no consuelan.

            La inoportunidad y la desobediencia hiciéronse fuertes y aliadas y una gran elocuencia salió de una garganta atrevida. Mi cuerpo obedecía las órdenes de la mente, la cual no me obedecía a mí; las palabras escogidas y correctas brotaban zigzagueantes y variadas a sazón de alimentar un discurso largamente inapropiado.

            Mi visión cegó la lógica, el dinero el bienestar y la botella vacía una imprevista viudedad. El equilibrio, cobarde sigiloso, huyó despavorido de un espíritu inestable y los ojos, gráciles alquimistas, convirtieron mi pozo de amargura en fuente de lágrimas saladas.

 

– ¡Adelaida! –repicaban mis tímpanos- ¡Adelaida, Adelaida, Adelaida! –su eco rebotaba en mis recuerdos; y una mueca de terror caló en mi negra alma. Evoqué su mirada, su cristalina y brillante mirada, sus cabellos largos y ondulados como espesa sabana de ébano, su cuerpo y compostura, sus formas y ademanes, sus labios, su boca, su rostro… Evoqué, evoqué, evoqué hasta que el recuerdo volvió a mí como un duro puntapié y entonces evoqué de verdad.

 

            El lugar, asilo de ebrios, bohemios y noctámbulos, cerró sus puertas y no pude encontrar otro bar abierto. En mis manos, aún capaces de sostener aquello de lo que no podemos prescindir, quedaba albergar esperanzas de apurar un trago más. Había llovido, al menos noté la humedad en mis huesos cuando estos fueron a parar sobre el firme mojado. Recostado, con tiritona, calado por fuera y húmedo por dentro rescatáronme de esa triste situación unos clochards. Me hablaban pero no les oía, gesticulaban, me increpaban pero yo ya no escuchaba. En mis oídos, en mi cabeza, altisonante, como sonidos atronadores, unas únicas palabras me ocupaban, ¡Adelaida! ¡Adelaida! ¡Adelaida!, unos sonidos tan insoportables que la única manera de liberarles de su cárcel era dejarles escapar por mi boca exhalándoles.

 

                – ¡Adelaida, Adelaida! ¡Adelaida! –y la errabunda pareja creyéronme un pobre alcohólico -¡Adelaida, Adelaida! –y  esas callejeras sombras decidieron llevarme a un sitio donde pasar la noche y curarme en salud.

 

            Así me alzaron mientras hablaban y no escuchaba, mientras mis trémulas extremidades se veían conducidas sin remisión ni posible oposición a un lugar del que no saldrían nunca, nunca, mientras los recuerdos cada vez golpeaban con más fuerza y tenía que gritar para echarlos fuera de mí.

            Vomité. Vomité mi alma conservada en alcohol. Vomité mis recuerdos y secretos. Vomité la violencia de mis actos. Y entonces confesé todo, absolutamente todo; conté como en un ataque de locura, producido por la bebida, maté a Adelaida, mi esposa, compañera, cónyuge y sobre todo amada mía, Adelaida. Relaté la satisfacción de aquella violencia por la violencia, aquel deseo irrefrenable que me obligaba a seguir, a seguir apretando su lánguido cuello, sin remisión, fuerte y tenazmente, mientras sus pataleos y gemidos apagados iban cesando y aparecía en su rostro un cianótico color a asfixia. Me recreé observando mi obra durante esos instantes en los que la euforia y éxtasis producidos por el alcohol y esa otra droga, la más potente de todas, que es la violencia se disiparon en la irrevocable cordura. Creí enloquecer, quise morir, aunque luego mi instinto de conservación me hizo recapacitar; la frialdad se apoderó de la razón y juntas trabajaron para elaborar un plan para deshacerme del cadáver. Y así lo hice, descuartizándola, poco a poco, cociendo los restos y triturándolos, para dárselos a los perros del barrio, perros desnutridos que agradecerían un poco de carne en sus dietas.

            Los traperos, con restos aún de mis vómitos y claramente molestos, se miraron y dijeron algo, algo que aunque no lo pude escuchar, era en sí mismo muy fácil de adivinar o discernir a través de sus bocas y labios: “Otro loco borracho”. Y me dejaron ahí tirado, sin al menos haber tenido ocasión de exculparme, siendo expropiado de mis últimas pertenencias materiales.

            El alba estaba cerca y el frío atería mis miembros; el alcohol empezaba a provocarme hipotermia y sueño. Junto a mí yacían una botella vacía y un paquete envuelto en papel de periódico. Me dormí, me dormí para no despertar jamás. Estaba muriendo de frío, como el que sentía después de matar a mi adorada Adelaida, frío como mis anestesiados sentimientos, frío como la carne cocida y triturada que contenía el paquete. La aurora asomaba. Oía –ya podía oír- unos ladridos. Una jauría se hizo con el envoltorio de periódico. Me olisquearon, me olfatearon de arriba abajo. Los había acostumbrado demasiado a este tipo de carne.

   personaje nocturno

La Transformación

Posted in Personajes Nocturnos with tags , , on 04, diciembre, 08 by La aceituna balsera

          Cuando, aquella tarde, el colono 132 se despertó de unos sueños agitados, notó que no se encontraba bien; apenas podía mover con fluidez sus extremidades. Renqueando se fue a beber del charco ponzoñoso de la comunidad y descubrió en su reflejo la imagen grotesca de un ser humano. Negando aquella visión, debido a su casi ceguera, volvió de nuevo a la oscuridad de su lecho, al lado de sus congéneres que aún seguirían durmiendo, pensando, eufemísticamente hablando, que también él estaría prisionero de otra realidad onírica. Sin embargo, no podía dormirse, no mantenía bien la estabilidad, estaba incómodo acurrucado como un ovillo y un frío helador le atería todos los músculos. Notaba su otrora robusto y compacto cuerpo como un amasijo de carne flácida y huesos. Sus patas, antes largas y espinosas, ahora no eran más que dos pares: uno algo más fuerte y grande, y el otro, imperfecto, mucho más atrofiado. Le horrorizó el hecho de no recibir información de sus antenas filiformes aunque, aliviado, descubrió que al menos veía bastante mejor que antes.

           El sol estaba cayendo; pronto tendría que unirse a la colonia, que ya había salido a la búsqueda de víveres. Pero él, no obstante, decidió seguir acurrucado para mantenerse caliente. Intentó dormirse nuevamente pero algo devastador le desveló, algo como nunca había sentido. Agitado y confuso, se había movido violentamente clavándose una piedra afilada en una extremidad y había emitido un extraño ruido. Asombrado de que él fuera el emisor decidió repetirlo. Rápidamente descubrió que podía modularlo y variar los tonos, aunque no sabía muy bien para qué podría utilizarlo. Decidió mostrarle su hallazgo a la comunidad.

           Cuando salió del agujero observó que las paredes le rozaban todo el cuerpo pero apenas se apercibió, ya que tenía un hambre horrible. Fue donde guardaban las provisiones y la escena le estremeció considerablemente; aquella visión era repugnante: restos de detritus y otras materias orgánicas e inorgánicas lo inundaban todo. Paradójicamente, lo que para él había sido un manjar el día anterior, hoy se mostraba como un lugar putrefacto y maloliente. En su intento desesperado por encontrar alguna cosa comestible advirtió como esas extremidades delanteras, que había supuesto deformes, podían liberarse del suelo y servirle de gran utilidad a la hora de seleccionar la comida; mientras, las traseras, conseguían mantenerlo en una posición erecta mucho más cómoda.

           Comenzó a caminar para reunirse con sus compañeros. A medida que la oscuridad de su escondrijo iba desapareciendo observó la notable mejoría de su visión, incrementada con la nueva postura adquirida; una explosión de luz, colores y formas le dejó maravillado. Su cabeza empezaba a dolerle de manera considerable, extrañas imágenes y ruidos se colaban por ella y empezaban a formar extrañas asociaciones, algo que, sin que él lo supiera, era el nacimiento de una especie de proto-pensamientos. En su rostro palpó como sus músculos se tensaban; estaba sonriendo.

           Durante el trayecto, hasta que logró reunirse con la colonia, sufrió una serie de cambios cuantitativos y cualitativos: la perspectiva de su visión fue cambiando progresivamente debido a un incremento de su estatura, sus pensamientos cada vez eran menos difusos y con su voz ya era capaz de combinar diferentes sonidos para crear monosílabos. Cuando les tuvo frente a sí, minúsculos, huyeron despavoridos. Él les intento llamar pero su reclamo, junto con su nuevo tamaño, le hacía parecer aún más amenazador. Su familia y compañeros corrían por todas partes sin que él pudiera hacerles comprender ¿No se daban cuenta de que pese a su cambio seguía siendo el mismo? Se arrastró por el suelo para hacérselo entender pero se escondían por todos los resquicios por los que ahora él no lograba acceder. Una angustia e impotencia le invadió por dentro subiéndole desde el estómago hasta la garganta. Comenzó a llorar.

           Desde la calle una pareja joven oyó los gemidos; se aventuró dentro del edificio abandonado y allí encontró un niño desnudo de unos dos años. El hombre le cubrió con su abrigo y la mujer, con un sonido indescifrable pero muy melódico, lo arropó contra su pecho. Se lo llevaron a su casa para lavarle y darle de comer; estaba muy flaco. En el camino se quedó dormido. Cuando volvió a despertar, la misma voz con la que creía haber soñado, le preguntó ¿Cómo te llamas pequeñín? Y aunque él no entendía aquello que le decían contestó con los únicos monosílabos que podía articular en ese momento: Saaa, saaamm, saaa, ¡Sam-sa! ¡Samsa! ¡SAMSA!

           – Y si nos lo quedamos, cariño -inquirió la mujer en un arrebato de ternura.

           – Está bien, pero le llamaremos Gregor, como mi padre.

metamorfosis3

Obra original de Miguel Segura. Acrílico 100 x 100 cm.

Para ver otras obras del autor pincha aquí.

Personajes nocturnos

Posted in Personajes Nocturnos with tags , , on 11, noviembre, 08 by La aceituna balsera

Cuando comencé a beber ya apenas había luz. Las tinieblas lo envolvían todo; y, el silencio…, ¡ah! el silencio era un sordo rumor que iba creciendo alrededor de ese continuo gotear de sangre. Sin lugar a dudas, la resaca que tendría sería terrorífica y, por qué no, el empacho tal vez brutal. ¡Lástima! Las peleas nunca debieran empezarse y los vampiros nunca debieramos de existir.

vampirismo